Compro olvidos

Llevo días buscando un recuerdo. Esto va en serio. Se me había traspapelado un recuerdo y entre más esfuerzos hacía por encontrarlo, más se escabullía. Tengo un sinnúmero de carpetas con documentos e información que solo a mí compete, así que, con impaciencia, por allí comencé mi búsqueda. No estaba.


Luego, procedí a revisar los libros de fotografías. Sí. Soy de la generación de las fotografías en físico. No lo encontré, pero al detallarlas llegaron otra cantidad de reminiscencias. Desfilaron tantos momentos… pero de aquel, del que estaba requiriendo una pista, no hubo muestras.


Continué con los cajones, atiborrados de objetos. ¿A dónde irán a parar esos restos cuando a nadie le interese lo que tengan para decir? Cuando ya no sean más que costuras rotas, sin hilvanar. Tantos pedacitos, tantos. Con cada uno de esos olvidos, relegados al cajón, iba descubriendo algo del pasado. Detalles esfumados, decolorados, como decolorado podría estar aquel que no encontraba, lanzado a una basurera, en medio de tantos papeles a medio escribir.

 
No afloraba el recuerdo exacto. No sé cómo lo fijé en la memoria. Se habían borrado sus huellas. Quizá las cosas no sucedieron como yo pensaba. Acaso solo las estaba evocando, a mi manera, de la forma como me parecía que habían acontecido. Posiblemente asumí que habían transcurrido como me las han contado, o será que, como las cosas no tienen voz audible, por más de que se hayan esforzado en referirme los pormenores que nos unen, no escuché. ¿Cómo se recuerda? ¿Va el recuerdo mediado por quién recuerda? ¿Entre lo que tengo en mi memoria y lo que sucedió, en la realidad, existirá una gran distancia? ¿Qué quedó en mi presente de todo eso que viví en el ayer? ¿Recuerdo o imagino? ¿Mantengo en mi memoria los recuerdos o me encuentro accidentalmente con ellos? ¿Será que realmente habré perdido aquellos que tanto sufrimiento me causaban? ¿Habrá olvidos selectivos? ¿Se van las reminiscencias tristes, para ocultarnos las penas, para quitarnos los cargos de conciencia? ¿Existe la posibilidad de que en la memoria colectiva se haya anclado una copia de seguridad de mis remembranzas?


Hay momentos en los que no concuerdan mis ideas acerca de qué hacer con los recuerdos: unas veces quisiera buscarlos y que predomine la memoria; otras tantas, abandonarlos, sepultarlos y que se imponga el olvido. A veces quisiera tatuarme a la brava algunos, a pesar de que causen tanto dolor y dejen en ruinas la conciencia. ¡Qué paradoja! En este momento no me prometo nada, pero si hubiera alguien que vendiera olvidos, hoy sería el primero en comprarlos.

Inmortalidad

Ya no vive nadie en ella
a la orilla del camino silenciosa está la casa
se diría que sus puertas se cerraron para siempre 
se cerraron para siempre sus ventanas […]
Jorge Molina Cano, “Las acacias”

Desde la adolescencia, cuando creí que era inmortal, hasta hoy, cuando ratifico que no lo soy, la falta, la inexistencia, los 365 días de ausencia, pendida aún del cada vez más delgado hilo en que se convierte un cordón umbilical, me recuerdan que la inmortalidad tiene dos orillas: la suya y la mía. Yo no soy inmortal, pero usted, sin proponérselo, se perpetuó con el paso del tiempo.


Tuve unos minutos para pensarlo, jugué con el llavero entre mis dedos, dudé sobre si realmente deseaba encontrar la llave. Me dije que no quería, pero no había opción, en este caso no. Así que tomé la llave, abrí la puerta, empujé la nada. Pensé que nada había dentro de la casa. Creí que venía a despedirme de las paredes porque de usted me había despedido un año atrás. Sabía que sería la última vez que entraría a la casa. Venía a cerrarla para siempre.


Muros blancos, con usted se fueron los retratos de sus seres queridos. Ventanas que hoy son solo vidrios y no su forma de conectarse con el mundo. Balcón sin plantas. Aún las cortinas, no hay muebles, no hay más nada. Una casa huérfana de gente. Yo, huérfana de usted. Una casa que se desocupa poco a poco, donde el sabor humano de otros tiempos se fue junto con los fantasmas de los seres amados. La casa de los afectos está cada vez más lejos.


Abrí la puerta, sí; y como en uno de sus poemas favoritos: «yo misma en cierta ocasión de esta escena fui testigo», antes de dar el paso para entrar me envolvió su olor, ese signo de intimidad que solo usted y yo conocemos. La veo parada en la puerta esperando el encuentro, escucho el ruido del bastón al caer sobre el piso, ¡Qué raro! me digo, ¿o lo extraño es que el bastón se mantuviera en su mano? Hubiera querido heredar su dulcísima paciencia. Luego silencio. Mutismo total, como el silencio que fue su compañía por tantos años; sin embargo, en este lugar donde la memoria y la imaginación van de la mano, una de las dos juega conmigo, no sé si es un recuerdo o es una imagen fabricada pero hoy suena música en alguna parte, se escuchan las ollas en la cocina, en el siempre adelantado reloj de pared suenan once campanadas aunque en el mío todavía falten diez minutos. Huele a salsa de pomodoro. Usted y yo sabemos que es domingo, siempre será domingo. Grité su nombre mil veces, esperando que el eco la perpetuara aun cuando, con el paso del tiempo, yo tampoco estuviera para nombrarla. Quise impedir que se cumpla aquello sobre lo cual se habla tantas veces: que uno se muere en dos oportunidades: una cuando el cuerpo deja de existir y otra, cuando dejan de nombrarnos.


¡Qué noche más larga!, 365 noches fundidas en una sola, vaciadas en una noche interminable. Da lo mismo contarlas por separado que sentir esa eternidad en una sola. Duele mirar atrás. No olvido que debo recordarla, me lo repito a diario, fácil es para quienes estamos del otro lado de su frontera. Nosotros no tenemos que esperar que vuelva, usted no se ha ido, me digo, no tenemos que temer que el olvido arrope de forma inclemente su recuerdo ni tenemos que buscar cómo eternizarla. Todos sabemos que usted… usted sí que es inmortal.