¿A dónde se han volado los pájaros?

– ¿A dónde se habrán volado todos los pájaros que hace un ratico ocupaban esas jaulas?, preguntó Angustias aparentando mirar la pantalla del televisor, aunque realmente prestaba atención a un anaquel que contenía una colección de jaulas.

Los pájaros, continuó diciendo, todos los pájaros cantores que yo fabriqué con mis propias manos. Los pájaros de barro… los de cerámica… los que amasé mientras cantaba canciones para dormir a mis hijos en sus cunas ¿te acuerdas? Yo solo les bosquejé las alas, pero los han echado a volar ¿Quieres que te regale alguna de las jaulas? No sé por qué hoy están todas libres. Ya no contienen nada. Nada dura para siempre.

– No madre gracias, esas jaulas son mías, estás en mi casa.

– Cómo así, ¿Yo soy tu madre? ¿Cuándo te tuve? Esta no es tu casa. Esta es mi casa.

       Al escucharla me embarga la tristeza. Escudriño en el pasado, suplico que el tiempo arrastre mis pensamientos. La oigo y me hago consciente de cómo su discurso se ha escindido: por una parte, marchan las declaraciones de la mujer que conocí; por la otra desfila el ahora incomprensible y caótico sermón con el que diariamente se expresa. ¿A dónde se habrá ido todo aquello que pensé que no tenía cabida en nuestro intelecto? Todo eso que, a pesar de que el cuerpo aún no se ha convertido en polvo ni en cenizas, ha volado como sus pájaros. Cómo contener la fuerza de este vendaval que empuja la vida hacia el futuro mientras yo quisiera anclarme a la época en la que ella aún estaba dentro de sí, a los segundos previos al momento en que su propio ser se le alejó.  ¿Por qué las manecillas del reloj no se detuvieron un instante antes de que comenzaran a agonizar sus horas, antes de que las páginas de su vida se empezaran a llenar con palabras en blanco? Ahora el pasado se me antoja indecente, debería poder olvidarme de él.  Nada dura para siempre, como dice ella. La miro y pienso que ha perdido el camino de regreso.

       Inicia un paseo frente a los ventanales; se detiene junto a los sofás llenos de cojines. Toma cada uno de ellos y los organiza en una sola línea, de pronto gime buscando algo con la mirada. Se sienta otra vez, pareciera que se concentra en la televisión hasta que, poco a poco, inserta su cabeza en mi hombro y se une a mí como si fuéramos uno solo. Hablamos idiomas extraños. Su cara proyecta ansiedad y un temor inmenso. Cierra los ojos, se lleva las manos a la cara como evitando ver lo que está sucediendo. Repite la misma pregunta que la acompaña desde hace muchos años:

– ¿Tenemos que recibir a toda esa gente? Son muchos, ¿a dónde los acomodaremos? Ahora están aquí. No me gustan los tumultos de gente, tú lo sabes sin embargo lo permites. ¿Por qué lo permites? No quiero que esa gente entre a mi casa. Mira, han comenzado a llegar algunos.

       Descubre sus ojos lentamente, separando su dedo índice del dedo corazón de cada mano y, aunque evita ser vista del todo, deja un espacio suficiente para observar (entre maliciosa e ingenuamente) lo que sucede.

– Esos, dice, esos dos que están sentados en mi sofá ¿Por qué están besándose aquí en mi cuarto?, ¿por qué viene gente que no conozco?, ¿quién los dejó entrar?

       De nuevo se cubre la cara, esta vez con pudor. Me debato entre decirle la verdad o ignorar el comentario, pero si ignoro los comentarios incoherentes terminaré aislándola. No puedo hacerlo, escojo decirle la verdad.

– Madre esa gente no está aquí, esa gente hace parte de una película que se proyecta en el televisor. Por Dios, me digo, ¿hasta cuándo?

       Ella me mira y sonríe. Tiene una boca pequeña, todavía quedan rastros de la mujer hermosa que alguna vez fue. Se peina con las dos manos introduciendo sus dedos entre el cabello corto. Luego con voz muy tenue me mira y dice:

– ¿Por qué ignoras que soy tu esposa? Entiende que no quiero que venga tanta gente a vernos, ¿sabes a dónde se han ido a volar todos los pájaros?  ¿Quieres que te regale una de las jaulas?  Están desocupadas.

       Tomo sus manos entre las mías. Ella escudriña mis dedos y dice:

– Hay que cambiar estos dedos ¿sabes? Estos dedos tuyos son muy duros, hay que tratar de que se aflojen un poco. Este dedo es muy chiquito, me dice acariciando el meñique, este dedo es diferente a los demás. Hay que cambiarlo lo mismo que este otro que está enorme, deforme y señala mi pulgar. No tienes todos los dedos iguales.

       Se le ha roto la cordura, me digo. Equivoca las palabras, se le pierde la mirada, el olvido le anula lo que sería mi recuerdo, si soy solo lo que recuerda y no se acuerda de mí entonces, para ella, yo ya no soy. ¿Cómo saber qué es lo que realmente comprendes?, me pregunto.

– ¿Sabes quién soy yo?, me arriesgo a preguntar.

       No espero la respuesta. Cualquier cosa que diga estará equivocada. Intuyo que cualquier persona con quien me relacione no será la acertada, así que me adelanto a contestar:

– Soy tu hijo. Llevamos seis meses viviendo juntos de nuevo.

       Ha extraviado el camino de regreso, confirmo. Cada día es más difícil, el deterioro se hace más evidente, siento que no tengo más nada para aportarle. La escucho, la acompaño. Ahora, siendo honesto, tengo mucho miedo de verme en ese mismo espejo en un futuro. Veo como las palabras le pasan por el frente y siguen de largo, hace mucho tiempo que no puede alcanzarlas.

– ¿Por qué no vienes a verme?, me pregunta.

– Aquí estoy acompañándote, contesto.

– Y mi papá ¿por qué no ha vuelto? ¿Por qué me habrá dejado sola para ir a morirse? ¿No te dijo nada? ¿No te dijo a dónde se iba, si él quería morirse? Mi papá era médico. No creo que lo sepas. Soy hija de médico, siempre hubo un médico en la casa, ¿por qué no está aquí para auxiliarme?

– Tal vez si te lo dijo, pero no lo recuerdas. Quizás está más cómodo donde está actualmente, podrías hacerle una oración.

       Me arrepiento de haber utilizado la palabra oración, sé lo que significa mencionarla, pues con solo oírla ella comienza a orar, actúa como esos muñequitos a los que se les da cuerda y no paran de repetir la misma acción. Hoy la ha pronunciado seis veces. Cierra los ojos, junta sus manos con devoción, en posición de rogativa:

– “Oh Dios mío, oh padre mío, fuente de toda sabiduría…”

Sé que no puedo interrumpirla. Esta es una historia de nunca acabar. Tantas veces no sé cómo consolarla cuando viene a su mente la remembranza fugaz de alguno de sus familiares. A mí me destroza el alma cuando habla del abuelo. Era su adoración. Hoy navega entre los recuerdos de cuando era su hija favorita y los fantasmas en los que se han convertido todos aquellos que ya no la acompañan. ¿Cómo se vive siendo todo lo que se ha olvidado? Por más esfuerzos que hago acompañándola le quedo debiendo tiempo. Es inaplazable su ida a un lugar especializado a donde puedan darle un cuidado integral.

       Suena el citófono. Ella se agobia al escucharlo, intuye que llegará alguien nuevo a la casa. Es tan sensible, se aferra a la cobija que le abriga los pies. La dobla por la mitad, luego en cuartos, después en octavos. La mira feliz de lograr que las esquinas coincidan a centímetro. Desdobla la cobija y repite el proceso: primero por la mitad, luego en cuartos, después en octavos. Me pongo de pie y la ayudo a levantarse.  Ella se queja, dice que le duele, ahora siempre hay algo que le duele.

       Pobrecita, me digo, en tanto que observo cómo se dobla por el peso de la vida. Tiene la pijama puesta y los pies cubiertos con unas pantuflas verdes, forradas, calientes. Hay que mantenerla abrigada. Ha perdido tanto peso. Es un manojo de huesitos cubiertos por una piel. Constantemente tiene frío. Camina lento. Dice que necesita ir al baño. Una vez de pie me pregunta hacia donde vamos. Le recuerdo que ha dicho que quiere ir al baño. Me dice que estoy equivocado y se sienta de nuevo. Insiste otra vez en ir al baño. La pongo de pie nuevamente y cuando me encamino con ella me pregunta hacia dónde vamos.

– ¿Cuándo viene mi papá? ¿Por qué se han volado todos los pájaros? ¿Quieres que te regale una jaula?

       Arrastra los pies, le pesan. Nos dirigimos a la puerta a pesar de que aún no ha sonado el timbre. He pensado en todas las posibles respuestas para cualquier pregunta que pudiera hacerme al momento de salir de la casa. No puedo permitirme flaquear, la decisión está tomada.

– ¿Quién golpea la puerta?, pregunta. ¿Sabes tú quién golpea la puerta?

– No sé, le contesto, mientras pasamos frente al espejo del recibidor. Angustias ve su figura reflejada en el espejo y me pregunta:

– ¿Quién es aquella que está pasando allí enfrente?

       No vale la pena responderle la pregunta, ya no se reconoce. No contesto inicialmente, guardo silencio. Luego, creo que en justicia debo darle una última oportunidad.  Antes de abrir la puerta le tomo las manos, la miro a los ojos y le pregunto:

– ¿Y yo, sabes quién soy yo? Ella sonríe y me contesta lo único para lo cual no estaba preparado: No, no sé quién eres, pero sé que te quiero mucho.

Diario

Enero de 2015:

Camino errante por la casa. La casa me sonríe. Haraganeo en un sofá, contemplo todo. Observo. Estoy un poco distraída, sin embargo, me siento capaz de identificar lo que veo; hasta le he puesto un cartelito mental a cada cosa que me rodea. Cartelito invisible para los demás, pero necesario para mí. Podría ser que algún día la vida pase corriendo y se ensañe conmigo, haciendo que el nombre de cada una de estas cosas se me olvide. De igual manera he estado dejando pistas de mi paso por la vida, para encontrarme; por si algún día tuviera que venir desde el futuro a buscarme. Dije: pistas para hallarme. Eso es lo que quiero, no dije trascendencia. Si me pierdo, puedo volver a buscar una señal.

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Mayo de 2018:

Hoy, sin razón especial, he recordado mis letreros. No sé porqué he pensado que es bueno revisarlos. Eso he hecho, me he detenido a examinarlos. Parece que aún están en el mismo lugar; tanto ellos como las cosas. Pareciera que nada hubiera cambiado de sitio. No obstante, no entiendo porque han dejado entrar una pequeña bruma en la casa que no me permite ver con claridad. Luego de inspeccionar encuentro que de algunos objetos recuerdo la figura, pero hay otros de los que tengo dudas.

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Marzo de 2020:

Hace unos días, no recuerdo si pocos o muchos, la neblina ha aumentado; tal vez no fueron días, fueron semanas, ¿pocas semanas o muchas? Bueno, quizás sería mejor decir que hace algún tiempo, aunque no estoy muy segura de cuánto. Hace un tiempo que los nombres de algunas piezas no me dicen nada. Me he quedado inmóvil esperando que el eco me devuelva una palabra. No ha habido eco. Los carteles siguen estando en su lugar, pero en ocasiones siento que el nombre escrito en el letrero no tiene relación con la figura que veo. Hay casos donde no hay nada que me traiga de nuevo el sonido o la imagen esperada.

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Junio de 2022:

Hoy, encontré que estoy llena de avisitos, estos parecen reales. Todas las partes de mi cuerpo tienen un nombre, hay unos que suenan de forma musical: clavícula; algunos tienen rima: rodillas y costillas. Los que más extrañeza me causan son los que, definitivamente, no me dicen nada: ojos, pie, boca, mano, nariz. Tengo una hermosa cadena de la que cuelga una placa. La reviso. Hay un nombre y un teléfono. Me veo extraña: toda vestida de negro, llena de rotulitos blancos. Me pregunto si me los habrán puesto porque, con el paso del tiempo, mis amigos y mi familia se han perdido en la nebulosa y no saben ni como me llamo ni a quien tienen enfrente.

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Julio de 2022:

¡Pobres todos! Me miran con extrañeza. No conozco las cosas que están allí. Veo personas cubiertas por un mar de niebla. Intento entender la razón de este silencio que se adueñó de mí. ¿Quiénes me rodean? Escribo desde un lugar en el que ya no estoy. Hay tantas cosas que quisiera contar pero yo misma no reconozco las huellas de mis pisadas. Suplico que no tengan problemas para reconocerme. ¿Quién soy yo y quién eres tú ahora?

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Agosto de 2022:

Compro olvidos

Llevo días buscando un recuerdo. Esto va en serio. Se me había traspapelado un recuerdo y entre más esfuerzos hacía por encontrarlo, más se escabullía. Tengo un sinnúmero de carpetas con documentos e información que solo a mí compete, así que, con impaciencia, por allí comencé mi búsqueda. No estaba.


Luego, procedí a revisar los libros de fotografías. Sí. Soy de la generación de las fotografías en físico. No lo encontré, pero al detallarlas llegaron otra cantidad de reminiscencias. Desfilaron tantos momentos… pero de aquel, del que estaba requiriendo una pista, no hubo muestras.


Continué con los cajones, atiborrados de objetos. ¿A dónde irán a parar esos restos cuando a nadie le interese lo que tengan para decir? Cuando ya no sean más que costuras rotas, sin hilvanar. Tantos pedacitos, tantos. Con cada uno de esos olvidos, relegados al cajón, iba descubriendo algo del pasado. Detalles esfumados, decolorados, como decolorado podría estar aquel que no encontraba, lanzado a una basurera, en medio de tantos papeles a medio escribir.

 
No afloraba el recuerdo exacto. No sé cómo lo fijé en la memoria. Se habían borrado sus huellas. Quizá las cosas no sucedieron como yo pensaba. Acaso solo las estaba evocando, a mi manera, de la forma como me parecía que habían acontecido. Posiblemente asumí que habían transcurrido como me las han contado, o será que, como las cosas no tienen voz audible, por más de que se hayan esforzado en referirme los pormenores que nos unen, no escuché. ¿Cómo se recuerda? ¿Va el recuerdo mediado por quién recuerda? ¿Entre lo que tengo en mi memoria y lo que sucedió, en la realidad, existirá una gran distancia? ¿Qué quedó en mi presente de todo eso que viví en el ayer? ¿Recuerdo o imagino? ¿Mantengo en mi memoria los recuerdos o me encuentro accidentalmente con ellos? ¿Será que realmente habré perdido aquellos que tanto sufrimiento me causaban? ¿Habrá olvidos selectivos? ¿Se van las reminiscencias tristes, para ocultarnos las penas, para quitarnos los cargos de conciencia? ¿Existe la posibilidad de que en la memoria colectiva se haya anclado una copia de seguridad de mis remembranzas?


Hay momentos en los que no concuerdan mis ideas acerca de qué hacer con los recuerdos: unas veces quisiera buscarlos y que predomine la memoria; otras tantas, abandonarlos, sepultarlos y que se imponga el olvido. A veces quisiera tatuarme a la brava algunos, a pesar de que causen tanto dolor y dejen en ruinas la conciencia. ¡Qué paradoja! En este momento no me prometo nada, pero si hubiera alguien que vendiera olvidos, hoy sería el primero en comprarlos.

Vengo del después

Vengo del futuro y allí no te encontré; no te descubrí, pero hallé tu recuerdo. Fui a buscarte sin saber si habías llegado o si llegarías más tarde. Vengo del mañana a donde me encaminé sin conocer la ruta, sin tener un trayecto marcado.

Nuestra historia se lee hoy, hacia adelante; como una biografía inversa. Déjame seguir en tu presente, sumemos cicatrices. No quiero que haya otro tú, no quiero que en mi vida haya huellas de más nadie. Te hablo de algo que llaman amor. No deberías asombrarte. ¿Cuánta ternura se puede haber perdido en ese viaje? Tengo miedo del futuro, del día en que comenzaré a extrañarte. ¿Cómo viviré cuando me arrebaten el alma y los pedazos, lanzados al viento, no puedan articularse? No habrá verso que complete los espacios compartidos, los silencios deslumbrantes, las ventanas medio abiertas, las puertas medio cerradas, un corazón que no late soñando con encontrarte.

Jamás pensaría en adelantar un viaje hacia el olvido a manera de venganza. No quiero que el olvido opaque tu recuerdo. No es “el olvido que seremos” el que me preocupa; es el de hoy. Me niego a que seas, desde ya, olvido dentro de mí. Se ensombrecerían tantas cosas. Tendría que empezar a entrenarme en olvidar cómo será olvidarte. Se desvanecerían los hábitos de las tardes, el tiempo que compartimos, los libros que una vez leímos, pero a ti, a ti… me negaría a desdibujarte. Ahora que estoy de regreso te busco para que de mí te apiades. No adivino tus razones, pero tú muy bien las sabes. Me disfrazo de mí mismo para saber dónde hallarte, pero este disfraz no sirve. Necesito disfrazarme de ti para entender dónde te quedaste. Solo me queda suplicar que no desaparezca de mis manos la esperanza. Clausúrame, consúmeme, escóndeme en un nido de mentiras. Ven a vivir a mi rincón. Quiero impedirle el vuelo a esta bandada de recuerdos.

¿Cómo se deshace o se detiene el tiempo? Las implacables agujas del reloj siempre van hacia adelante. Despiadadas, inclementes, inexorables. ¿Cómo dejo de correr para no alcanzar el futuro, para evitar que me destruya tu no presencia y que mis manos queden vacías de esperanza? No hay oráculo que responda, ni amuleto con el que pueda salvarme. Si tú te vas, te llevas toda la senda por la que hemos andado; a mí me quedará lo que aún no hemos vivido, lo que nos falta por caminar. Conmigo se eternizará la vida sin ti.

¿Por qué no desapareciste antes de encontrarnos?

Vengo del futuro, de ese futuro que anda sin control esperando que lo alcancemos. No sé cómo será vivir allí, entre el no tenerte y el no poder olvidarte. Hoy sigo a tu lado a sabiendas de que el mañana me depara: las sombras de tu amor, la noche que no termina, la ansiedad por tu voz que no llega, el dolor del tiempo que ya no se comparte, un rostro que se difumina entre veladuras, una muerte anticipada por vivir en el vacío. Lo sé. A pesar de todo eso hoy elijo mantenerme en el presente, quedarme en la oscuridad de mi extravío, en el silencio fugaz de no escucharte, en la niebla invisible del destino, así después me arrope la certeza de tu ausencia y se haga infinita la espera, así después ya no pueda inventarte.

Alzheimer

Ayer es el jirón de un recuerdo. Antes de ayer un océano, donde navegan pedazos de olvido con detalles que se hacen espuma en un mar de ideas que, confusas, se traslapan. Un océano donde las migajas de lo que fuimos, se mezclan con fracciones de sucesos imprecisos que sobreaguan para que yo perviva.

Ahora, cuando hoy es todavía, lucho por recordar. Me han tirado un salvavidas. Uno enorme, al que han ido subiendo pedacitos de momentos, sucesos escondidos, escenas en cámara lenta, imágenes que, como estrellas fugaces, titilan un segundo y luego se esfuman. Busco dentro de mí. Me anclo a mis heridas. Son ellas las que afloran cuando busco escaparme. Ahora siempre estoy dolida. 

No sé si vivo o si soy una imagen repetida. Me persigue el dolor de la ausencia. Todos se han ido. Yo también camino hacia esa línea de partida. Se difumina tu rostro. Ya tu nombre se me olvida. Mi memoria se fractura. La ansiedad me subyuga. Ya no estoy para mí. La niebla despiadada asesina mi última imagen conocida. No hay nostalgia que me invada. Un inmenso remolino me absorbe. A la inmensidad se va mi salvavidas. Estoy aquí donde ya no soy. Tú te quedaste allí donde todo se me olvida.