Diario

Enero de 2015:

Camino errante por la casa. La casa me sonríe. Haraganeo en un sofá, contemplo todo. Observo. Estoy un poco distraída, sin embargo, me siento capaz de identificar lo que veo; hasta le he puesto un cartelito mental a cada cosa que me rodea. Cartelito invisible para los demás, pero necesario para mí. Podría ser que algún día la vida pase corriendo y se ensañe conmigo, haciendo que el nombre de cada una de estas cosas se me olvide. De igual manera he estado dejando pistas de mi paso por la vida, para encontrarme; por si algún día tuviera que venir desde el futuro a buscarme. Dije: pistas para hallarme. Eso es lo que quiero, no dije trascendencia. Si me pierdo, puedo volver a buscar una señal.

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Mayo de 2018:

Hoy, sin razón especial, he recordado mis letreros. No sé porqué he pensado que es bueno revisarlos. Eso he hecho, me he detenido a examinarlos. Parece que aún están en el mismo lugar; tanto ellos como las cosas. Pareciera que nada hubiera cambiado de sitio. No obstante, no entiendo porque han dejado entrar una pequeña bruma en la casa que no me permite ver con claridad. Luego de inspeccionar encuentro que de algunos objetos recuerdo la figura, pero hay otros de los que tengo dudas.

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Marzo de 2020:

Hace unos días, no recuerdo si pocos o muchos, la neblina ha aumentado; tal vez no fueron días, fueron semanas, ¿pocas semanas o muchas? Bueno, quizás sería mejor decir que hace algún tiempo, aunque no estoy muy segura de cuánto. Hace un tiempo que los nombres de algunas piezas no me dicen nada. Me he quedado inmóvil esperando que el eco me devuelva una palabra. No ha habido eco. Los carteles siguen estando en su lugar, pero en ocasiones siento que el nombre escrito en el letrero no tiene relación con la figura que veo. Hay casos donde no hay nada que me traiga de nuevo el sonido o la imagen esperada.

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Junio de 2022:

Hoy, encontré que estoy llena de avisitos, estos parecen reales. Todas las partes de mi cuerpo tienen un nombre, hay unos que suenan de forma musical: clavícula; algunos tienen rima: rodillas y costillas. Los que más extrañeza me causan son los que, definitivamente, no me dicen nada: ojos, pie, boca, mano, nariz. Tengo una hermosa cadena de la que cuelga una placa. La reviso. Hay un nombre y un teléfono. Me veo extraña: toda vestida de negro, llena de rotulitos blancos. Me pregunto si me los habrán puesto porque, con el paso del tiempo, mis amigos y mi familia se han perdido en la nebulosa y no saben ni como me llamo ni a quien tienen enfrente.

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Julio de 2022:

¡Pobres todos! Me miran con extrañeza. No conozco las cosas que están allí. Veo personas cubiertas por un mar de niebla. Intento entender la razón de este silencio que se adueñó de mí. ¿Quiénes me rodean? Escribo desde un lugar en el que ya no estoy. Hay tantas cosas que quisiera contar pero yo misma no reconozco las huellas de mis pisadas. Suplico que no tengan problemas para reconocerme. ¿Quién soy yo y quién eres tú ahora?

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Agosto de 2022:

Compro olvidos

Llevo días buscando un recuerdo. Esto va en serio. Se me había traspapelado un recuerdo y entre más esfuerzos hacía por encontrarlo, más se escabullía. Tengo un sinnúmero de carpetas con documentos e información que solo a mí compete, así que, con impaciencia, por allí comencé mi búsqueda. No estaba.


Luego, procedí a revisar los libros de fotografías. Sí. Soy de la generación de las fotografías en físico. No lo encontré, pero al detallarlas llegaron otra cantidad de reminiscencias. Desfilaron tantos momentos… pero de aquel, del que estaba requiriendo una pista, no hubo muestras.


Continué con los cajones, atiborrados de objetos. ¿A dónde irán a parar esos restos cuando a nadie le interese lo que tengan para decir? Cuando ya no sean más que costuras rotas, sin hilvanar. Tantos pedacitos, tantos. Con cada uno de esos olvidos, relegados al cajón, iba descubriendo algo del pasado. Detalles esfumados, decolorados, como decolorado podría estar aquel que no encontraba, lanzado a una basurera, en medio de tantos papeles a medio escribir.

 
No afloraba el recuerdo exacto. No sé cómo lo fijé en la memoria. Se habían borrado sus huellas. Quizá las cosas no sucedieron como yo pensaba. Acaso solo las estaba evocando, a mi manera, de la forma como me parecía que habían acontecido. Posiblemente asumí que habían transcurrido como me las han contado, o será que, como las cosas no tienen voz audible, por más de que se hayan esforzado en referirme los pormenores que nos unen, no escuché. ¿Cómo se recuerda? ¿Va el recuerdo mediado por quién recuerda? ¿Entre lo que tengo en mi memoria y lo que sucedió, en la realidad, existirá una gran distancia? ¿Qué quedó en mi presente de todo eso que viví en el ayer? ¿Recuerdo o imagino? ¿Mantengo en mi memoria los recuerdos o me encuentro accidentalmente con ellos? ¿Será que realmente habré perdido aquellos que tanto sufrimiento me causaban? ¿Habrá olvidos selectivos? ¿Se van las reminiscencias tristes, para ocultarnos las penas, para quitarnos los cargos de conciencia? ¿Existe la posibilidad de que en la memoria colectiva se haya anclado una copia de seguridad de mis remembranzas?


Hay momentos en los que no concuerdan mis ideas acerca de qué hacer con los recuerdos: unas veces quisiera buscarlos y que predomine la memoria; otras tantas, abandonarlos, sepultarlos y que se imponga el olvido. A veces quisiera tatuarme a la brava algunos, a pesar de que causen tanto dolor y dejen en ruinas la conciencia. ¡Qué paradoja! En este momento no me prometo nada, pero si hubiera alguien que vendiera olvidos, hoy sería el primero en comprarlos.

Vengo del después

Vengo del futuro y allí no te encontré; no te descubrí, pero hallé tu recuerdo. Fui a buscarte sin saber si habías llegado o si llegarías más tarde. Vengo del mañana a donde me encaminé sin conocer la ruta, sin tener un trayecto marcado.

Nuestra historia se lee hoy, hacia adelante; como una biografía inversa. Déjame seguir en tu presente, sumemos cicatrices. No quiero que haya otro tú, no quiero que en mi vida haya huellas de más nadie. Te hablo de algo que llaman amor. No deberías asombrarte. ¿Cuánta ternura se puede haber perdido en ese viaje? Tengo miedo del futuro, del día en que comenzaré a extrañarte. ¿Cómo viviré cuando me arrebaten el alma y los pedazos, lanzados al viento, no puedan articularse? No habrá verso que complete los espacios compartidos, los silencios deslumbrantes, las ventanas medio abiertas, las puertas medio cerradas, un corazón que no late soñando con encontrarte.

Jamás pensaría en adelantar un viaje hacia el olvido a manera de venganza. No quiero que el olvido opaque tu recuerdo. No es “el olvido que seremos” el que me preocupa; es el de hoy. Me niego a que seas, desde ya, olvido dentro de mí. Se ensombrecerían tantas cosas. Tendría que empezar a entrenarme en olvidar cómo será olvidarte. Se desvanecerían los hábitos de las tardes, el tiempo que compartimos, los libros que una vez leímos, pero a ti, a ti… me negaría a desdibujarte. Ahora que estoy de regreso te busco para que de mí te apiades. No adivino tus razones, pero tú muy bien las sabes. Me disfrazo de mí mismo para saber dónde hallarte, pero este disfraz no sirve. Necesito disfrazarme de ti para entender dónde te quedaste. Solo me queda suplicar que no desaparezca de mis manos la esperanza. Clausúrame, consúmeme, escóndeme en un nido de mentiras. Ven a vivir a mi rincón. Quiero impedirle el vuelo a esta bandada de recuerdos.

¿Cómo se deshace o se detiene el tiempo? Las implacables agujas del reloj siempre van hacia adelante. Despiadadas, inclementes, inexorables. ¿Cómo dejo de correr para no alcanzar el futuro, para evitar que me destruya tu no presencia y que mis manos queden vacías de esperanza? No hay oráculo que responda, ni amuleto con el que pueda salvarme. Si tú te vas, te llevas toda la senda por la que hemos andado; a mí me quedará lo que aún no hemos vivido, lo que nos falta por caminar. Conmigo se eternizará la vida sin ti.

¿Por qué no desapareciste antes de encontrarnos?

Vengo del futuro, de ese futuro que anda sin control esperando que lo alcancemos. No sé cómo será vivir allí, entre el no tenerte y el no poder olvidarte. Hoy sigo a tu lado a sabiendas de que el mañana me depara: las sombras de tu amor, la noche que no termina, la ansiedad por tu voz que no llega, el dolor del tiempo que ya no se comparte, un rostro que se difumina entre veladuras, una muerte anticipada por vivir en el vacío. Lo sé. A pesar de todo eso hoy elijo mantenerme en el presente, quedarme en la oscuridad de mi extravío, en el silencio fugaz de no escucharte, en la niebla invisible del destino, así después me arrope la certeza de tu ausencia y se haga infinita la espera, así después ya no pueda inventarte.

Alzheimer

Ayer es el jirón de un recuerdo. Antes de ayer un océano, donde navegan pedazos de olvido con detalles que se hacen espuma en un mar de ideas que, confusas, se traslapan. Un océano donde las migajas de lo que fuimos, se mezclan con fracciones de sucesos imprecisos que sobreaguan para que yo perviva.

Ahora, cuando hoy es todavía, lucho por recordar. Me han tirado un salvavidas. Uno enorme, al que han ido subiendo pedacitos de momentos, sucesos escondidos, escenas en cámara lenta, imágenes que, como estrellas fugaces, titilan un segundo y luego se esfuman. Busco dentro de mí. Me anclo a mis heridas. Son ellas las que afloran cuando busco escaparme. Ahora siempre estoy dolida. 

No sé si vivo o si soy una imagen repetida. Me persigue el dolor de la ausencia. Todos se han ido. Yo también camino hacia esa línea de partida. Se difumina tu rostro. Ya tu nombre se me olvida. Mi memoria se fractura. La ansiedad me subyuga. Ya no estoy para mí. La niebla despiadada asesina mi última imagen conocida. No hay nostalgia que me invada. Un inmenso remolino me absorbe. A la inmensidad se va mi salvavidas. Estoy aquí donde ya no soy. Tú te quedaste allí donde todo se me olvida.