Permiso para delinquir

El silencio que tanto había buscado apareció hoy y se vino de frente contra mí. Como una amenaza.

  • Aquí estoy, parecía decirme, ¿qué vas a hacer conmigo ahora que me tienes?

Sé que en mi silencio interno hay un sinnúmero de ideas que no existen todavía, no se concretan. No afloran. Están en el partidor del cerebro, esperando el momento de lanzarse; cultivándose. Allí, en medio de la mudez quizás pueda identificar algunas, ayudarlas a escapar, pero en medio del sigilo también hay otras cosas: secretos que no deben salir a flote, miradas que se deberían evitar, decisiones que se hubieran podido tomar, explicaciones que no fueron dadas, consecuencias que no fueron asumidas. ¿Habrá una peligrosa doble vida cuando me acerco a mí mismo?

Aquí estoy, procrastinando. He dejado para otro día el apoyar el parto de ideas nuevas, porque para que tengan cabida, debo tener un campo desalojado donde aterricen; así que me encuentro a la espera de que yo mismo me apruebe un permiso para delinquir, con el que pueda exterminar algunas de las ideas que me acompañan. Al examinarlas hoy: ya no las comparto, las desconozco, me pesan, me estorban. Han comenzado a causarme alergias en el espíritu.

  • No está mal cambiar de opinión al respecto de algo que me ha acompañado por tantos años, me digo.
  • No esta mal, me contesto, no está mal. Esto no es como quitarse un peso de encima. En realidad, es quitárselo.

Todos los momentos que he vivido están contenidos dentro de mí. Así no los recuerde no dejaron de suceder. Para abrir espacio a momentos nuevos debo eliminar, a pesar de mí mismo, algunas ideas con las que ya no concuerdo. No puedo seguir dilatando el encuentro con la profundidad de mi ser malgastando el tiempo en traer al presente detalles que ya no puedo cambiar, ideas que dejaron de ser vigentes, historias que ya no son mi realidad. Solo espero concederme el permiso para delinquir, así aniquilaré tanto peso en la inconsciencia y dejaré libre el espacio a nuevas ideas que aún no nacen.