Quince pares de ojos

Hay un instante en las mañanas cuando, entre el duermevela y la vigilia, salgo por un momento de mí misma, navego sin rumbo. Antes de que acabe de clarear el día, vuelvo a introducirme en mi cuerpo. Así puedo vivir fuera de los confines de mi mente.

No sé si hoy volví o me quedé por fuera. Por ahora eso no me importa, solo sé que aquí estoy. Me veo. Apenas despunta el día. En mis manos, el arma asesina. Voy blandiendo una hoja color plata. La barra de la cocina interrumpe mi camino. Me enfrento a los destemplados ojos de una piña, a una colección de ojos que me miran de soslayo, incrédulos, todos al unísono. Sí; todos de una vez, al tiempo. ¿De qué cosas se estará dando cuenta la piña?, me pregunto.

Me avizoran de forma inquietante, contemplándome como lo hacen los ojos de aquellas pinturas que, aunque son retratos, dan la sensación de ser los de un mirón que sigue los pasos de quien lo observa. No es un único ojo, como el de un pirata, el que me sigue; ni son los dos ojos desprevenidos de cualquier persona, con la intención de husmear. Hay por lo menos treinta ojos. Quince pares, por si acaso se quisiera sentir que el número no es tan grande; quince pares de ojos son los que me vigilan. Viene a mí la imagen de un voyeur, aunque de inmediato me inclino mejor por algo que los franceses llaman un flâneur, sedentario en este caso. Una piña apoltronada en su mesón. Espiando como pasa la vida: la mía y la de otros tantos a sus espaldas, a quienes ve con todos esos ojitos situados en su parte trasera. Ahí estaba, extasiada. Posando, al mismo tiempo, una de sus miradas en mí y las otras en cualquier cosa que desfilara a través de la ventana, más allá de la frontera del cristal.

De pronto me hice consciente de una extraña sensación, si es que el miedo se puede catalogar como una sensación extraña. No tengo una explicación, doy una vuelta e intento confirmar si aún sigo fuera de mi cuerpo, si lo que estoy viviendo es mi realidad. Vago un poco por la casa; en el tablero de corcho del estudio, una palabra: resiliencia. En el escritorio: un libro sobre la conducta humana y la posibilidad de deconstruirnos. En mi interior una voz que repetía: ¿en realidad te importa cómo te ven todos esos ojos cuando tú estás segura de que te ves diferente? A mí no me interesa como me vean, me contesto a mí misma. Estoy segura de lo que pienso de mí, pero comienza a molestarme el tono de desafío que han ido adquiriendo las conversaciones matutinas conmigo misma.

Avanzo hacia el mesón armada de valor. De nuevo todos esos ojos en mi nuca, de nuevo el cuchillo en la mano. Siento como mi sombra me amenaza. La hoja metálica frente a mí no revela mi imagen. La enfrento a la fruta, veo cómo en ella se reflejan los ojos de la piña. Ya no se cuántos ojos son los que me divisan, los que me siguen, porque ahora además de los ojos reales de la piña hay una gran cantidad de ojos reflejados en la lámina de metal. Deshago los pasos. Vuelvo a mi cuerpo. Me levanto, aprieto el mango del cuchillo grande, el de hoja muy ancha. Me abalanzo sobre la piña arrancándole la corteza poco a poco.

Tomo con cuidado los pedazos de la piel. Los coloco volteados sobre papel de cocina, de forma que los ojos queden hacia abajo, para que no me escudriñen. No sé qué hacer con ellos.  Me encamino hacia el comedor absorta en pensamientos absurdos, segura de que me he desecho del problema hasta que descubro que, dentro de un frutero ubicado sobre la mesa de centro, hay otra piña apoltronada acechándome con la misma mirada inquisidora; llena de ojitos que me miran de soslayo, incrédulos, todos al unísono. Sí; todos de una vez, al tiempo.

El espejo

Me observo en el espejo en las mañanas. La imagen no coincide con otra que acabo de tener de mí cuando, antes de levantarme, cierro los ojos y veo mi interior.

La imagen del espejo no es la que quiero tener de mí, no es la que construyo en mi mente, no es en la que se convierte mi ilusión cuando me miento. El espejo no me miente, acentúa mis arrugas, muestra el brillo de mis canas y ahora último le ha dado porque cuando abro la boca, frente a él, me deja entrar hasta lo más recóndito de mi ser, devolviéndome mi yo escondido, con el que a veces no sé que hacer. Esto se repite a diario. Hay días en que eso que soy o aquello que no soy me martiriza y se vuelve un desatino y entonces… entonces  no quiero quedarme con la imagen del espejo.

Algunas veces, cuando cierro los ojos antes de levantarme, me doy la orden de no pensar en nada para no confundirme. Otros días, si no estoy de ánimo para soportar el desasosiego, debo esconderme de mí misma y me sitúo de espaldas al espejo. La verdad no estoy como para hacerme mala sangre, así que he comenzado a pensar en soluciones. Creo que ya lo tengo resuelto, a partir de mañana no seguiré martirizándome porque hoy… hoy quebraré el espejo.