Indigestión

Consciente de cómo se había indigestado de soledades, de ausencias, de pérdidas, de lejanías, me dijo: «Nos atragantamos de partidas, de adioses, de silencios, de secretos y, a veces, hasta de falta de despedidas. Nos hemos tenido que desprender, a la fuerza, de los amigos que se han ido, de los personajes que no conocimos, de lo que no somos, pero hubiéramos querido ser, de lo que somos y no sabíamos.
Nos enfermamos por ser, por no ser o por dejar de ser. Me gusta lo que no tengo. Nos indigesta lo que nos devuelve el espejo, la basurita que almacena el cerebro, la hartura, el miedo, la angustia, el hastío. No coleccionamos encuentros, ahora los desencuentros están a la orden del día: iba a salir, iba a llegar, te iba a encontrar, no nos pudimos cruzar, tuve que regresar».

Lo vi de frente a la desazón, de espaldas a la vida; luchando por no luchar. Peleando por existir, a media marcha, cansado. Lo vi desde aquí, desde afuera, al tiempo que una voz en mi cabeza recitaba: «Hagan sus apuestas señores, no va más, no va más, no va más».