Cambiando la perspectiva

El mundo había ido perdiendo su encanto, el efímero mundo humano se había ido desgastando. Las mañanas ya no tenían aires de frescura, en realidad todo estaba perdiendo su aire. Yo misma había empezado a ignorar algunas cosas sin darme cuenta de que con eso también me estaba ignorando a mí misma.

¿Por dónde respirar? Esta asfixia infinita, esta lucha eterna por completar todo y completarme, sin entender que nunca estará terminada la obra.  ¿A dónde me busco?, ¿y si no me encuentro? ¿Cómo mirarme? ¿Y si solo estoy en el proceso? Tomo algunos pedazos, con ellos debería llegar a alguna parte. Me digo que puedo ir armando el rompecabezas sin tener que haber adivinado el acertijo. No me lo creo.

Pienso en Sísifo. Veo caer la inmensa piedra y no me motivo a correr tras de ella. Me niego a bajar a recogerla para comenzar a subirla de nuevo. Esta vez voy a dejar que se vuelva añicos; recogeré los pedazos para reconstruir. ¿Por qué completar siempre lo iniciado? Conviene dedicarme un poco a la deconstrucción y con los hallazgos cambiar la perspectiva.

Estoy rompiendo a pedazos lo que pensé que: o estaba listo o estaba cerca de terminarse. Reconstruir, vivir con los fragmentos. No puedo tener el todo, pero puedo llegar a tanto con los pedazos. Hoy me quedo con lo voluble, con lo fugaz, con lo inconcluso, con lo atemporal, con lo abstracto. Con la nebulosa.  

Indigestión

Consciente de cómo se había indigestado de soledades, de ausencias, de pérdidas, de lejanías, me dijo: «Nos atragantamos de partidas, de adioses, de silencios, de secretos y, a veces, hasta de falta de despedidas. Nos hemos tenido que desprender, a la fuerza, de los amigos que se han ido, de los personajes que no conocimos, de lo que no somos, pero hubiéramos querido ser, de lo que somos y no sabíamos.
Nos enfermamos por ser, por no ser o por dejar de ser. Me gusta lo que no tengo. Nos indigesta lo que nos devuelve el espejo, la basurita que almacena el cerebro, la hartura, el miedo, la angustia, el hastío. No coleccionamos encuentros, ahora los desencuentros están a la orden del día: iba a salir, iba a llegar, te iba a encontrar, no nos pudimos cruzar, tuve que regresar».

Lo vi de frente a la desazón, de espaldas a la vida; luchando por no luchar. Peleando por existir, a media marcha, cansado. Lo vi desde aquí, desde afuera, al tiempo que una voz en mi cabeza recitaba: «Hagan sus apuestas señores, no va más, no va más, no va más».