Arroccato

@paviapedrazaphotos

En el 2016 un fenómeno natural se encargó de desmontar, de la meseta, al pueblo medioeval de Castelluccio di Norcia. Parte del desastre, quizás la gran mayoría, permaneció sobre el monte; mientras algunos residuos rodaron por la montaña. Restos, pedazos, despojos, bloques llenos de aristas con bordes filosos causados por el desplome. Lo que quedó de las escaleras no llevaba a ningún destino. Las casas se arquearon por el medio o por cualquier lugar por donde una grieta las alcanzara, las que quedaron en pie temían por su futuro. Todavía hay flores en algunos balcones, pero por el buitrón de las chimeneas de las casas derruidas ya no escapa humo. La demolición sembró de horror la falda de la montaña que, antes de ese año y ahora, afortunadamente está sembrada de vida.

Después de recorrer una ruta llena de senderos entre Visso y nuestro destino, atrapados por un verano sin precedentes, llegamos al encuentro de la fioritura que emerge a través de toda la llanura. Allí, en alguna parte del paisaje, en medio de los montes Sibilinos, el Vettore como telón de fondo, levanta el vuelo fabricando nubes, dejándose lamer por un horizonte que lo alcanza con recato. Inmersos en ese momento el éxtasis agudiza la conciencia. Por un instante nos asalta la preocupación de que los sueños vayan a quedar ensartados en ese espléndido lugar donde se desovillan las nubes, aunque, de ser así, no importa. Todo en ese lugar, entre el valle y la roca que arropa la montaña, vale la pena.

Desde hace algunas semanas la uniformidad de los colores de la campiña se había roto por un sinfín de tonos. El espectro de tonalidades se extiende a lo largo de toda la llanura hasta las laderas, constituyéndose en un milagro cromático. La lenteja apenas florecida crece por doquier dejando ver muy pocos granos, similares a un lente. Entre los sembrados también se alza la maleza que vive en simbiosis con la lenteja y brota espontáneamente floreciendo día tras día, dando lugar a una explosión de colores, tejiendo un tapiz que espera ser atrapado en los lienzos de pintores impresionistas o esperando que, a falta de ellos, lleguen los fotógrafos con sus trípodes y sus ganas de inmortalizar, con sus cámaras, la campiña. En las sendas abundan violetas y tréboles, así como narcisos y margaritas que desparraman el blanco por toda la paleta. Del rojo, se encargan las amapolas; el aciano, entinta de azul cerúleo el panorama. Las acederas y la mostaza silvestre tiñen el valle de dorado. Las grandes extensiones de campo no están adornadas con un solo tono que se va degradando; el hechizo consiste en quedar atrapados por la mutación de tantos colores que varían de intensidad.

Detrás de la planicie un sembrado de trigo, de color pajizo, quizás castaño claro, espera a ser segado, no sin antes ser alimento de algunas aves. Donde termina el plantío un único árbol, de pie, sin una hoja. Sus delgadas ramas son testigos del paisaje, como también han sido testigo de vientos y tempestades. Tres fardos de heno, grandes, con el frente redondo, me distraen.  

Atardece, al fondo la roca calcárea del Vettore. Sobre su cara se proyectan sombras que semejan diferentes figuras, se simula una danza. Parece que la peña hubiera sido devastada o tallada por un hacha como si de madera se tratara. Con la luz de frente emergen de la roca tonos de marrón, desde el ocre hasta el castaño, que se mezclan con el gris y los matices blancos de la caliza. Cruza un águila el firmamento. Comienza a dormirse la tarde, la fioritura va perdiendo los colores, la luz se va apagando.