Pequeña de cuatro décadas

Es posible que si pudieras expresar una frase completa me manifestarías:


Dices que no sabes lo que pienso, porque mi cerebro no se conecta con mi habla de la misma forma como sucede contigo, porque lo mío no es el don de la palabra. A ti, que tienes conexión entre tu cerebro y tu habla, que posees el don de la palabra, quisiera poder preguntarte: ¿conectas tu cerebro con tu alma?

Mírame. Conecta tus ojos con mi mirada. A diferencia tuya no puedo atender varias cosas al tiempo por eso, cuando coincidimos, tengo la suerte de enlazarme solo contigo. En mí no se genera un murmullo mientras me hablas, solo tu voz es la coordenada que sigo. Me es imposible completar la imagen que en mi mente se construye. La mayoría de las veces no puedo ponerla en palabras, pero tengo en mi corazón la ilusión de que cuando tu ser se acerca a mí, eres tú quien está a mi lado; tú, en cambio, puedes estar tranquila, puedes cambiar la palabra ilusión por la de certeza, soy yo la única que está a tu lado cuando nos acercamos.

Te sientes libre, ¿cómo y para qué? Libre soy yo que no tengo que adaptar mi comportamiento a lo que esperan de mí. Libre soy porque actúo acorde con lo que siento, porque actuar es darte un abrazo cuando me dedicas tu tiempo, es decir tu nombre con dificultad, es repetirlo tantas veces, intentarlo por diez años hasta que suene muy cerca a como lo dicen los demás, sin pensar en que hay errores cuando lo pronuncio, porque sé que existes en mí, aunque no sea capaz de nombrarte.

Tu realidad vive fuera de ti, la mía vive en mi interior, no tengo otra; nuestra realidad difiere desde el lugar en que cada una mira. Soy feliz porque vivo conmigo, desde aquí observo cómo es que tú vives contigo. Me regocijo en el silencio que me confirma que sobran tantas cosas, que algunos atesoran para después desecharlas cuando pasado el tiempo no saben qué hacer con ellas. Yo solo atesoro el tiempo, colecciono miradas, grabo silencios, suspiros, caricias de manos que se conectan conmigo. Yo trabajo, así no lo veas, en que no se pierda la conexión entre tu cerebro y mi alma para que puedas sentir que habitas en mí, así yo no sepa decirlo.

Más allá del abecedario

                                                                                                             Esto es entre tú y yo, no lo digas a nadie:

                                                                                                     en la vida vas a encontrar abismos y puentes,

                             dificultades, desesperación,

                                                entonces escribe,

                                                                        las palabras son lo único que tendrás cuando ya no haya nada.

                                                                                                              José Zuleta Ortiz, “Lo que no fue dicho”

Y así un día, cubierto con tu armadura de letras, desenfundaste las palabras y me disparaste con una de ellas. El disparo fue tan fuerte, tan certero, que me hirió dejándome marcada. Fue una sola palabra con su propio sentido, con su sonido, con su significado.

Desde antes de la época del disparo, desde siempre, he estado en la búsqueda de lo que puede estar contenido en las palabras, del misterio que hay en cada una de ellas. Hay en todas tanta fuerza, tanto en aquella que no tiene mordaza, como en la que agazapada surge con temor a ser censurada. En la que cuestiona, en la que se origina en el cerebro y luego viaja en el aire, sin ser vista, para penetrar en los oídos como una ráfaga; en aquella que a veces queda sonando por mucho tiempo sin que logremos atraparla, en las que desafían; o en otras que no logramos reconocer puesto que parecieran dichas en diferentes idiomas. Lo mismo sucede con la palabra escrita: con la que surge del vacío para convertirse en una herida sobre el papel, con la que al mismo tiempo de herir va sanando en la medida que va expresando; con las que producen placer o dolor, halago, confianza, satisfacción. Las que nos nutren, las que ofenden, las que mienten o deprimen, así su significado nos aproxime al desastre.

Dicho lo anterior, pensé que estaba lista para unirme al desafío de un colectivo argentino que busca “poner en palabras todo aquello que se quedó como un nudo en la garganta, como una trompada en el estómago”. Así que allí estaba, buscando las palabras apropiadas, en momentos donde no afloraban las palabras. Exploraba en mi interior. Sentía que me quedaba corta. ¿Qué son las palabras cuando el sentimiento te ahoga y no te permite comprender los sonidos? ¿Qué hacer cuando hay algo que te impide poner las emociones en palabras?, pensé. Luché por encontrarlas, si no podía pronunciarlas, por lo menos podría escribirlas. Me propuse entonces perseguir las letras hasta el punto a donde tendrían que llegar si la tierra era cuadrada, seguirlas hasta el final de los mares a donde comenzarían a caer como caerían los barcos de aquellos que no sabían que la tierra era redonda. Cerré los ojos, me apresuré a buscar el filo por donde iniciarían la caída y a fantasear con zambullirme en ese abismo que debería estar pleno de letras, un alfabeto completo que me permitiría construir palabras, segura de que allí habría tantas que me sobrarían algunas, pero no fue así. Pude ver unas pocas letras con las que era imposible construir alguna cosa con sentido. Fui consciente de que el juego no está en las letras, que no es posible construir con ellas palabras que se vuelvan frases cuando el sentimiento no aflora. La tierra es redonda, otra es la realidad. Hoy, he perdido el desafío, en esta ocasión no encontré las palabras, es posible que las haya desgastado cuando olvidé que su significancia no depende siempre de un diccionario.

Sublevación

No tiene nada de ilegal hablar o escribir de ti como lo hago. Aunque pienses que tanto tu opinión como tu actuar no coinciden con lo que expreso, no me retractaré. Debes saber que no tendré prudencia cuando hable de tu religión, tu filiación política, tus vicios, tus amores o tus adicciones. No hay falsedad en lo que manifiesto con respecto a ti. Nada de lo que he dado a conocer de tu vida, puede considerarse un delito.

No me sobra piedad para describirte, es cierto, como tampoco me he dejado llevar de la alevosía para nombrarte. Gracias a mí existes, dependes de mí. Entiéndelo, tu sombra camina conmigo.

No me digas lo que no harás, no me levantes la voz. En este fragmento tú eres mi personaje, yo te creé; soy yo quien de ti escribe y, aunque sé que no mantendremos esta relación por mucho tiempo, si no termino con tu vida  es porque, como tú muy bien lo sabes, hay en ti tanto de mí.

Diario

Enero de 2015:

Camino errante por la casa. La casa me sonríe. Haraganeo en un sofá, contemplo todo. Observo. Estoy un poco distraída, sin embargo, me siento capaz de identificar lo que veo; hasta le he puesto un cartelito mental a cada cosa que me rodea. Cartelito invisible para los demás, pero necesario para mí. Podría ser que algún día la vida pase corriendo y se ensañe conmigo, haciendo que el nombre de cada una de estas cosas se me olvide. De igual manera he estado dejando pistas de mi paso por la vida, para encontrarme; por si algún día tuviera que venir desde el futuro a buscarme. Dije: pistas para hallarme. Eso es lo que quiero, no dije trascendencia. Si me pierdo, puedo volver a buscar una señal.

*****

Mayo de 2018:

Hoy, sin razón especial, he recordado mis letreros. No sé porqué he pensado que es bueno revisarlos. Eso he hecho, me he detenido a examinarlos. Parece que aún están en el mismo lugar; tanto ellos como las cosas. Pareciera que nada hubiera cambiado de sitio. No obstante, no entiendo porque han dejado entrar una pequeña bruma en la casa que no me permite ver con claridad. Luego de inspeccionar encuentro que de algunos objetos recuerdo la figura, pero hay otros de los que tengo dudas.

*****

Marzo de 2020:

Hace unos días, no recuerdo si pocos o muchos, la neblina ha aumentado; tal vez no fueron días, fueron semanas, ¿pocas semanas o muchas? Bueno, quizás sería mejor decir que hace algún tiempo, aunque no estoy muy segura de cuánto. Hace un tiempo que los nombres de algunas piezas no me dicen nada. Me he quedado inmóvil esperando que el eco me devuelva una palabra. No ha habido eco. Los carteles siguen estando en su lugar, pero en ocasiones siento que el nombre escrito en el letrero no tiene relación con la figura que veo. Hay casos donde no hay nada que me traiga de nuevo el sonido o la imagen esperada.

*****

Junio de 2022:

Hoy, encontré que estoy llena de avisitos, estos parecen reales. Todas las partes de mi cuerpo tienen un nombre, hay unos que suenan de forma musical: clavícula; algunos tienen rima: rodillas y costillas. Los que más extrañeza me causan son los que, definitivamente, no me dicen nada: ojos, pie, boca, mano, nariz. Tengo una hermosa cadena de la que cuelga una placa. La reviso. Hay un nombre y un teléfono. Me veo extraña: toda vestida de negro, llena de rotulitos blancos. Me pregunto si me los habrán puesto porque, con el paso del tiempo, mis amigos y mi familia se han perdido en la nebulosa y no saben ni como me llamo ni a quien tienen enfrente.

  *****

Julio de 2022:

¡Pobres todos! Me miran con extrañeza. No conozco las cosas que están allí. Veo personas cubiertas por un mar de niebla. Intento entender la razón de este silencio que se adueñó de mí. ¿Quiénes me rodean? Escribo desde un lugar en el que ya no estoy. Hay tantas cosas que quisiera contar pero yo misma no reconozco las huellas de mis pisadas. Suplico que no tengan problemas para reconocerme. ¿Quién soy yo y quién eres tú ahora?

*****

Agosto de 2022:

Arroccato

@paviapedrazaphotos

En el 2016 un fenómeno natural se encargó de desmontar, de la meseta, al pueblo medioeval de Castelluccio di Norcia. Parte del desastre, quizás la gran mayoría, permaneció sobre el monte; mientras algunos residuos rodaron por la montaña. Restos, pedazos, despojos, bloques llenos de aristas con bordes filosos causados por el desplome. Lo que quedó de las escaleras no llevaba a ningún destino. Las casas se arquearon por el medio o por cualquier lugar por donde una grieta las alcanzara, las que quedaron en pie temían por su futuro. Todavía hay flores en algunos balcones, pero por el buitrón de las chimeneas de las casas derruidas ya no escapa humo. La demolición sembró de horror la falda de la montaña que, antes de ese año y ahora, afortunadamente está sembrada de vida.

Después de recorrer una ruta llena de senderos entre Visso y nuestro destino, atrapados por un verano sin precedentes, llegamos al encuentro de la fioritura que emerge a través de toda la llanura. Allí, en alguna parte del paisaje, en medio de los montes Sibilinos, el Vettore como telón de fondo, levanta el vuelo fabricando nubes, dejándose lamer por un horizonte que lo alcanza con recato. Inmersos en ese momento el éxtasis agudiza la conciencia. Por un instante nos asalta la preocupación de que los sueños vayan a quedar ensartados en ese espléndido lugar donde se desovillan las nubes, aunque, de ser así, no importa. Todo en ese lugar, entre el valle y la roca que arropa la montaña, vale la pena.

Desde hace algunas semanas la uniformidad de los colores de la campiña se había roto por un sinfín de tonos. El espectro de tonalidades se extiende a lo largo de toda la llanura hasta las laderas, constituyéndose en un milagro cromático. La lenteja apenas florecida crece por doquier dejando ver muy pocos granos, similares a un lente. Entre los sembrados también se alza la maleza que vive en simbiosis con la lenteja y brota espontáneamente floreciendo día tras día, dando lugar a una explosión de colores, tejiendo un tapiz que espera ser atrapado en los lienzos de pintores impresionistas o esperando que, a falta de ellos, lleguen los fotógrafos con sus trípodes y sus ganas de inmortalizar, con sus cámaras, la campiña. En las sendas abundan violetas y tréboles, así como narcisos y margaritas que desparraman el blanco por toda la paleta. Del rojo, se encargan las amapolas; el aciano, entinta de azul cerúleo el panorama. Las acederas y la mostaza silvestre tiñen el valle de dorado. Las grandes extensiones de campo no están adornadas con un solo tono que se va degradando; el hechizo consiste en quedar atrapados por la mutación de tantos colores que varían de intensidad.

Detrás de la planicie un sembrado de trigo, de color pajizo, quizás castaño claro, espera a ser segado, no sin antes ser alimento de algunas aves. Donde termina el plantío un único árbol, de pie, sin una hoja. Sus delgadas ramas son testigos del paisaje, como también han sido testigo de vientos y tempestades. Tres fardos de heno, grandes, con el frente redondo, me distraen.  

Atardece, al fondo la roca calcárea del Vettore. Sobre su cara se proyectan sombras que semejan diferentes figuras, se simula una danza. Parece que la peña hubiera sido devastada o tallada por un hacha como si de madera se tratara. Con la luz de frente emergen de la roca tonos de marrón, desde el ocre hasta el castaño, que se mezclan con el gris y los matices blancos de la caliza. Cruza un águila el firmamento. Comienza a dormirse la tarde, la fioritura va perdiendo los colores, la luz se va apagando.

Coincidencia tardía

¿Cuántas veces un semáforo en rojo me había impedido cruzarme con ella? ¡Cuántos años viviendo en el mismo edificio, usando el mismo ascensor, subiendo por las mismas escaleras, compartiendo el mismo recibidor, traspasando las mismas puertas, sin habernos encontrado!

¿Cuántas veces apuré mi paso sin saber que ella, en el otro lado, desaceleraba el suyo? En muchas ocasiones me asomé a la calle desde la ventana. No la vi. Seguramente acababa de pasar, quién sabe si había abierto una sombrilla que no me permitía ver su rostro.

¡Cuántos almanaques se consumieron! ¡Cuántas hojas de árboles se cayeron!, mientras yo aquí, invidente; mientras ella allá, invisible.

Alguna vez escuché sonar el timbre de su puerta o quizás era el “ring” de un teléfono sin que nadie respondiera. Así se fue pasando el tiempo, pasó corriendo la existencia. Destejí las horas, nunca llegó. Me hirió la noche, e igual que en el ocaso de la vida se apagaron las luces. Todas las luces: las mías, las de la calle, las de ella.

Hoy, de forma inusitada, llegué tarde a nuestro edificio. A través del espejo del recibidor, la vi. Coincidencia tardía. Era más tarde que de costumbre. Hice como si no la viera. Subí. Me conformé con saber que cuando el timbre de su puerta o el de su teléfono fueran atendidos, ella estaría allí. Acepté que hoy, cuando ya no soy aquel que antes fui, podría contentarme con el semáforo en rojo de tantas ocasiones, con el coexistir en diferentes espacios, con el paso de los años sin haber conocido su figura.

Hay cosas que terminan llegando muy tarde, me dije. Entonces escogí sumergirme en la vida y su falta de coincidencia.

Mi piel sin tu piel

¿Cómo vivirá mi piel sin tu piel? ¿Cómo leerá, en el abrazo de otro, aquello que leía en tu dermis cuando vivía bajo tu conjuro? ¿Cómo descifrará el nuevo idioma con el que le hablará esa otra piel? No lo entenderá. Lo sé. Como tampoco lo comprenderá mi carne que únicamente escuchará un murmullo.

¿Cómo será el silencio del “ya no estás”, cómo será el rumor de un eco sin sonido? ¿Cómo será dormirme en otro espacio que tendré que inventarme porque aún no puedo construirlo? No habrá a quién decir: se fue la noche. Esa noche que es la misma antes y después del lenguaje que creé contigo, la que ya no pronuncia por nosotros, la que silente no me  envuelve con su  brillo.

Atesoraré tu esencia sobre la almohada, te inmortalizaré en otros seres, ¡qué herejía! Se desangrará mi piel en cada tarde, mientras la nostalgia encubrirá tu huida. Me conformaré con lo que fue, no hay más. Me perderé en los giros del destino, sobreviviendo al dolor que esto me cause: recorriendo de manera clandestina tu cuerpo… tu cuerpo que ya es un delirio.

Compro olvidos

Llevo días buscando un recuerdo. Esto va en serio. Se me había traspapelado un recuerdo y entre más esfuerzos hacía por encontrarlo, más se escabullía. Tengo un sinnúmero de carpetas con documentos e información que solo a mí compete, así que, con impaciencia, por allí comencé mi búsqueda. No estaba.


Luego, procedí a revisar los libros de fotografías. Sí. Soy de la generación de las fotografías en físico. No lo encontré, pero al detallarlas llegaron otra cantidad de reminiscencias. Desfilaron tantos momentos… pero de aquel, del que estaba requiriendo una pista, no hubo muestras.


Continué con los cajones, atiborrados de objetos. ¿A dónde irán a parar esos restos cuando a nadie le interese lo que tengan para decir? Cuando ya no sean más que costuras rotas, sin hilvanar. Tantos pedacitos, tantos. Con cada uno de esos olvidos, relegados al cajón, iba descubriendo algo del pasado. Detalles esfumados, decolorados, como decolorado podría estar aquel que no encontraba, lanzado a una basurera, en medio de tantos papeles a medio escribir.

 
No afloraba el recuerdo exacto. No sé cómo lo fijé en la memoria. Se habían borrado sus huellas. Quizá las cosas no sucedieron como yo pensaba. Acaso solo las estaba evocando, a mi manera, de la forma como me parecía que habían acontecido. Posiblemente asumí que habían transcurrido como me las han contado, o será que, como las cosas no tienen voz audible, por más de que se hayan esforzado en referirme los pormenores que nos unen, no escuché. ¿Cómo se recuerda? ¿Va el recuerdo mediado por quién recuerda? ¿Entre lo que tengo en mi memoria y lo que sucedió, en la realidad, existirá una gran distancia? ¿Qué quedó en mi presente de todo eso que viví en el ayer? ¿Recuerdo o imagino? ¿Mantengo en mi memoria los recuerdos o me encuentro accidentalmente con ellos? ¿Será que realmente habré perdido aquellos que tanto sufrimiento me causaban? ¿Habrá olvidos selectivos? ¿Se van las reminiscencias tristes, para ocultarnos las penas, para quitarnos los cargos de conciencia? ¿Existe la posibilidad de que en la memoria colectiva se haya anclado una copia de seguridad de mis remembranzas?


Hay momentos en los que no concuerdan mis ideas acerca de qué hacer con los recuerdos: unas veces quisiera buscarlos y que predomine la memoria; otras tantas, abandonarlos, sepultarlos y que se imponga el olvido. A veces quisiera tatuarme a la brava algunos, a pesar de que causen tanto dolor y dejen en ruinas la conciencia. ¡Qué paradoja! En este momento no me prometo nada, pero si hubiera alguien que vendiera olvidos, hoy sería el primero en comprarlos.

¿Medio lleno o medio vacío?

Hay algunos que dicen que el mañana es un hoy que todavía no llega. Así, entre un ya vendrá, un ya casi, ahorita es, se empantanan tantas cosas del hoy, convencidos de que ya está llegando el mañana.

En el esperar pasivos, pacientes, hasta un poco indiferentes, pensando que todo pueda ser positivo, nos repetimos que es mejor ver el vaso medio lleno que medio vacío. Si el vaso medio lleno, que nos satisface, nos invita a pensar en cómo se ha llevado el vaso hasta ese nivel, en cómo repetir los éxitos alcanzados, o para entender que lo que haga falta puede ser una meta para trabajar al día siguiente, podría ser una buena motivación para esperar el mañana; pero a veces nos conformamos con el “medio lleno”, adormilándonos, sin hacernos preguntas que podrían darnos luces acerca de la conveniencia de seguir en la comodidad en la que estamos viviendo, o si deberíamos abandonar la rutina en la que nos vamos sumergiendo. Dándonos por satisfechos con cosas que están muy distantes de lo que realmente queremos alcanzar. En consecuencia, en esas circunstancias, con el vaso medio lleno nos resignamos.

¿Qué pasa si nos colocamos en la otra orilla?  A veces ubicarse del otro lado no es tan difícil como creemos. El fijarse en el que está “medio vacío” podría generar algunas preguntas interesantes e incluso motivadoras: ¿quién lo vació? ¿Qué puedo hacer para colmar lo que falta? ¿Realmente en este caso hubiera sido mejor dejarlo vacío? ¿Rellenarlo será lo correcto? ¿Solo soy feliz si termino aquello que empecé a pesar de que ya vislumbro que no voy para ninguna parte?

Pensando que vinimos a esta vida solo para ser felices, tratamos de ver en primera instancia, la parte positiva de las cosas, sin preocuparnos por otros factores. Luchamos por conseguir con insistencia lo que la vida moderna nos muestra: que todo puede lograrse. A través de las redes sociales, se ve la facilidad con que otros obtienen sus metas y, cuando no logramos las nuestras, no recibimos la tan esperada aprobación, nos vamos sumergiendo en un tinte amargo. No hacemos un alto en el camino para analizar posibilidades diferentes, otros universos, totalmente distintos. ¿Por qué pensar que la opción contraria a ser positivos en busca de la felicidad, nos expatria directamente a la orilla del pesimismo? Cierto pesimismo, como agente de cuestionamiento, podría ponernos de frente a encarar las cosas, donándonos un poco de observación, indagación y espíritu crítico.

Tanto el vaso medio lleno como el medio vacío tienen sus bondades. Ninguno de los dos tiene la totalidad de la verdad y fijarnos en uno solo de ellos nos dejará sin ver la otra cara de la moneda.

Cazador de sueños

Juego con la distancia y la mirilla,
recorro el espacio imaginario.
Elijo el objetivo.

Soy un cazador de sueños,
acomodo la distancia y la apertura.
Capturo.
Ajusto momentáneamente.
Me distraigo. Hay tanto por atrapar:
problemas – dulzura – tristeza,
dolor – alegría – regocijo.
Escojo.
No. Me corrijo. Creo que escojo.

Cierro los ojos para ver todo aquello que, con la vista clausurada, pueda verse.
Cierro los ojos para enfocar, como lo hago con los lentes de mi cámara.
Más cerrados, menos luz; menos luz, más nitidez.
¿Qué hay del otro lado de la oscuridad total?
Sueño – Imagino.
Veo.
Veo tanto como mi percepción sensorial me transmite. . .

Hay sueños que muy vívidos me persiguen.
Sueños hay también, que ahora están muertos.
Hoy no me basta el mar con sus empeños
y la niebla brutal es mi enemiga.
Tengo que seguir, el sueño es mío.

Pero no es solo soñar con lo que veo,
Con escuchar las voces
también sueño.
Para escucharlas a mí me basta el audio,
el audio que transmiten lenguas de aire.
Lenguas que solo yo escucho.
Nadie más puede escuchar palabras,
que solo fueron moduladas para mí.
No podrán escucharse. No.
Solo yo escucho.

De nuevo conjeturo. Dejo volar los sueños.
Pero ¿hay que decidirse por alguno?
Muchos sueños en la red, ¿por dónde empiezo?
No podré terminar si no imagino.
Y a pesar de que imagino,
no decido.
¡Qué se vayan a volar!
Hoy, no hay de otra.

Juego con la distancia y la mirilla,
recorro el espacio imaginario.
Elijo el objetivo.
Soy un cazador de sueños, sin su presa.