Fabricando tu recuerdo

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

Miguel Hernández, “Elegía a Ramón Sijé”

Hoy encontré, en un álbum de viejas fotografías, aquella imagen tuya en blanco y negro, esa que en su reverso tiene solo una estampilla y una fecha: agosto de 1930. Nada más: ni un nombre, ni una ciudad, ni una dedicatoria. De inmediato me propongo fabricar tu recuerdo sin mucha ayuda de la memoria. Atrapar tu figura, hacerla mía; aventurarme a hacer de ti una historia remendada con los trocitos de lo que alguna vez escuché. En desorden, sin afanes, sin que importe que el tiempo se detuvo para ti, mientras a mí me devora la impaciencia cuando al escuchar el tic y el tac descubro que tu imagen no se concreta, que no logro que proyectes tu propia sombra para que puedas convertirte en mi verdad.

Miro tus ojos, ¿de qué color serían? Creo que alguien mencionó que eran verde aceituna, o quizás sería yo, en mi afán de construirte, quien te los dibujó de ese tono. Tus ojos miran de frente y me da miedo la inmensidad del universo que nos separa. Hay tanta melancolía en tus ojos como nostalgia en mí.

¡Detrás de tu frente, coronada por ese cabello negro azabache, escondiste tantos pensamientos! No sé dónde quedó el otro extremo del cordón que nos ata como familia, tus raíces quedaron sepultadas en el lugar del que huiste. ¿Hablabas de la vida que dejaste en Italia luego de que las trincheras se llenaran de humo y detrás del humo desaparecieran los nombres conocidos? ¿Quisiste volver a dónde habías partido? Volver a esa playa en donde, según contaba mi abuela, se quedó sentada una anciana mujer ataviada con un pañuelo en la cabeza, vestida de negro, haciendo un duelo prematuro desde antes de que levantaras velas.

Tu voz. A veces fantaseo con su sonido. Sor Octavia repetía, tantas veces, que tu canto rebasó distancias, penetró mil oídos, colmó capillas y fue codiciado por otros seminaristas; la muerte raptó tu voz haciendo imposible que yo hubiera escuchado en alguna ocasión tu “Ave María”. Tus vocablos se deshacen en pedacitos, en sílabas que desaparecen sin que pueda llegar a comprenderlas. ¿Cómo se moverían tus labios en aquella boca que, detrás de un cerrojo, jamás dejó escapar un susurro para mí? Me ilusiono esperando que arda en el viento tu historia nunca contada. Necesito impedir que seas solo silencio. Conjeturo. Te invento pecados compartidos, cicatrices que quisiera reconocer esperando que sean tu sello; no quiero saber de aquellas invisibles con las que uno marcha camino del infierno.

Tus manos sostienen con suavidad otra fotografía y el silencio ronda la imagen de los dos. Si por lo menos tu mano hubiera estampado una firma confirmaría que fuiste real, como real fue mi padre que viene de ti y me precede. Tu mano asiría una pluma, la tinta mancharía el papel dejando una herida que haría visible tu rastro. ¡Cómo saborearía ahora tus palabras atrapadas en los renglones! Te fuiste sin rozar mi mano. Entre tú y yo hay un cristal que, aunque me deja verte, me impide tocarte. Tus manos, que mimaron las mulas que te acompañaban como agente viajero, no acariciaron las mías.

¡Qué lejos quedó el horizonte que mirabas! Se fue la tarde como te fuiste tú, sin saber que te habías ido. ¿Con quién te encontró soñando el alba? Dime en qué playa quedó enterrada tu vida para escarbar la tierra con mis manos hasta encontrar el misterio de tu existencia.

Nunca envejeciste, sentado por casi cien años en la misma silla, en la misma posición, con la misma mirada. No se marchitó tu piel. La vejez no pudo roer tu cuerpo. La muerte no tuvo piedad de mí cuando a ti te mutiló las alas. No hubo forma de evitar que las Moiras cortaran el hilo vital, nadie pudo arrebatarle tu vida a las zarpas de la muerte. Para que estés conmigo, solo me queda inventarte, tal vez así tu figura no acabe de sumirse en las tinieblas y pueda convivir tu muerte con mi vida. Cincelo tu imagen como si fuera de cera, pero en lugar de construirte, con cada golpe del estilete te me vas desvaneciendo, te desangras y soy consciente de la herida, no de la tuya sino de la mía.

Antes de que te olvide, he fabricado un recuerdo donde eres todo lo que ya no está, «lo otro», lo que se quedó sin decir, lo que no adivino, lo que me invento, la mancha en blanco y negro en el papel que se hace figura, la mano fría que no siento, el sendero que me hubiera gustado recorrer, el destino al que hubiera querido llegar. No lo sé. Hoy hubiera querido que el final de las historias que se contaban en familia fuera diferente; hubiera querido que aquellas hechiceras que equivocaban tu camino por las sabanas de Bolívar no te hubieran permitido encontrar la senda de regreso, que hubieras enfilado tu ruta hasta aquí, para cumplir la cita en tu futuro, donde siempre te he esperado.

¿A dónde se han volado los pájaros?

– ¿A dónde se habrán volado todos los pájaros que hace un ratico ocupaban esas jaulas?, preguntó Angustias aparentando mirar la pantalla del televisor, aunque realmente prestaba atención a un anaquel que contenía una colección de jaulas.

Los pájaros, continuó diciendo, todos los pájaros cantores que yo fabriqué con mis propias manos. Los pájaros de barro… los de cerámica… los que amasé mientras cantaba canciones para dormir a mis hijos en sus cunas ¿te acuerdas? Yo solo les bosquejé las alas, pero los han echado a volar ¿Quieres que te regale alguna de las jaulas? No sé por qué hoy están todas libres. Ya no contienen nada. Nada dura para siempre.

– No madre gracias, esas jaulas son mías, estás en mi casa.

– Cómo así, ¿Yo soy tu madre? ¿Cuándo te tuve? Esta no es tu casa. Esta es mi casa.

       Al escucharla me embarga la tristeza. Escudriño en el pasado, suplico que el tiempo arrastre mis pensamientos. La oigo y me hago consciente de cómo su discurso se ha escindido: por una parte, marchan las declaraciones de la mujer que conocí; por la otra desfila el ahora incomprensible y caótico sermón con el que diariamente se expresa. ¿A dónde se habrá ido todo aquello que pensé que no tenía cabida en nuestro intelecto? Todo eso que, a pesar de que el cuerpo aún no se ha convertido en polvo ni en cenizas, ha volado como sus pájaros. Cómo contener la fuerza de este vendaval que empuja la vida hacia el futuro mientras yo quisiera anclarme a la época en la que ella aún estaba dentro de sí, a los segundos previos al momento en que su propio ser se le alejó.  ¿Por qué las manecillas del reloj no se detuvieron un instante antes de que comenzaran a agonizar sus horas, antes de que las páginas de su vida se empezaran a llenar con palabras en blanco? Ahora el pasado se me antoja indecente, debería poder olvidarme de él.  Nada dura para siempre, como dice ella. La miro y pienso que ha perdido el camino de regreso.

       Inicia un paseo frente a los ventanales; se detiene junto a los sofás llenos de cojines. Toma cada uno de ellos y los organiza en una sola línea, de pronto gime buscando algo con la mirada. Se sienta otra vez, pareciera que se concentra en la televisión hasta que, poco a poco, inserta su cabeza en mi hombro y se une a mí como si fuéramos uno solo. Hablamos idiomas extraños. Su cara proyecta ansiedad y un temor inmenso. Cierra los ojos, se lleva las manos a la cara como evitando ver lo que está sucediendo. Repite la misma pregunta que la acompaña desde hace muchos años:

– ¿Tenemos que recibir a toda esa gente? Son muchos, ¿a dónde los acomodaremos? Ahora están aquí. No me gustan los tumultos de gente, tú lo sabes sin embargo lo permites. ¿Por qué lo permites? No quiero que esa gente entre a mi casa. Mira, han comenzado a llegar algunos.

       Descubre sus ojos lentamente, separando su dedo índice del dedo corazón de cada mano y, aunque evita ser vista del todo, deja un espacio suficiente para observar (entre maliciosa e ingenuamente) lo que sucede.

– Esos, dice, esos dos que están sentados en mi sofá ¿Por qué están besándose aquí en mi cuarto?, ¿por qué viene gente que no conozco?, ¿quién los dejó entrar?

       De nuevo se cubre la cara, esta vez con pudor. Me debato entre decirle la verdad o ignorar el comentario, pero si ignoro los comentarios incoherentes terminaré aislándola. No puedo hacerlo, escojo decirle la verdad.

– Madre esa gente no está aquí, esa gente hace parte de una película que se proyecta en el televisor. Por Dios, me digo, ¿hasta cuándo?

       Ella me mira y sonríe. Tiene una boca pequeña, todavía quedan rastros de la mujer hermosa que alguna vez fue. Se peina con las dos manos introduciendo sus dedos entre el cabello corto. Luego con voz muy tenue me mira y dice:

– ¿Por qué ignoras que soy tu esposa? Entiende que no quiero que venga tanta gente a vernos, ¿sabes a dónde se han ido a volar todos los pájaros?  ¿Quieres que te regale una de las jaulas?  Están desocupadas.

       Tomo sus manos entre las mías. Ella escudriña mis dedos y dice:

– Hay que cambiar estos dedos ¿sabes? Estos dedos tuyos son muy duros, hay que tratar de que se aflojen un poco. Este dedo es muy chiquito, me dice acariciando el meñique, este dedo es diferente a los demás. Hay que cambiarlo lo mismo que este otro que está enorme, deforme y señala mi pulgar. No tienes todos los dedos iguales.

       Se le ha roto la cordura, me digo. Equivoca las palabras, se le pierde la mirada, el olvido le anula lo que sería mi recuerdo, si soy solo lo que recuerda y no se acuerda de mí entonces, para ella, yo ya no soy. ¿Cómo saber qué es lo que realmente comprendes?, me pregunto.

– ¿Sabes quién soy yo?, me arriesgo a preguntar.

       No espero la respuesta. Cualquier cosa que diga estará equivocada. Intuyo que cualquier persona con quien me relacione no será la acertada, así que me adelanto a contestar:

– Soy tu hijo. Llevamos seis meses viviendo juntos de nuevo.

       Ha extraviado el camino de regreso, confirmo. Cada día es más difícil, el deterioro se hace más evidente, siento que no tengo más nada para aportarle. La escucho, la acompaño. Ahora, siendo honesto, tengo mucho miedo de verme en ese mismo espejo en un futuro. Veo como las palabras le pasan por el frente y siguen de largo, hace mucho tiempo que no puede alcanzarlas.

– ¿Por qué no vienes a verme?, me pregunta.

– Aquí estoy acompañándote, contesto.

– Y mi papá ¿por qué no ha vuelto? ¿Por qué me habrá dejado sola para ir a morirse? ¿No te dijo nada? ¿No te dijo a dónde se iba, si él quería morirse? Mi papá era médico. No creo que lo sepas. Soy hija de médico, siempre hubo un médico en la casa, ¿por qué no está aquí para auxiliarme?

– Tal vez sí te lo dijo, pero no lo recuerdas. Quizás está más cómodo donde está actualmente, podrías hacerle una oración.

       Me arrepiento de haber utilizado la palabra oración, sé lo que significa mencionarla, pues con solo oírla ella comienza a orar, actúa como esos muñequitos a los que se les da cuerda y no paran de repetir la misma acción. Hoy la ha pronunciado seis veces. Cierra los ojos, junta sus manos con devoción, en posición de rogativa:

– “Oh Dios mío, oh padre mío, fuente de toda sabiduría…”

Sé que no puedo interrumpirla. Esta es una historia de nunca acabar. Tantas veces no sé cómo consolarla cuando viene a su mente la remembranza fugaz de alguno de sus familiares. A mí me destroza el alma cuando habla del abuelo. Era su adoración. Hoy navega entre los recuerdos de cuándo era su hija favorita y los fantasmas en los que se han convertido todos aquellos que ya no la acompañan. ¿Cómo se vive siendo todo lo que se ha olvidado? Por más esfuerzos que hago acompañándola le quedo debiendo tiempo. Es inaplazable su ida a un lugar especializado a donde puedan darle un cuidado integral.

       Suena el citófono. Ella se agobia al escucharlo, intuye que llegará alguien nuevo a la casa. Es tan sensible, se aferra a la cobija que le abriga los pies. La dobla por la mitad, luego en cuartos, después en octavos. La mira feliz de lograr que las esquinas coincidan a centímetro. Desdobla la cobija y repite el proceso: primero por la mitad, luego en cuartos, después en octavos. Me pongo de pie y la ayudo a levantarse.  Ella se queja, dice que le duele, ahora siempre hay algo que le duele.

       Pobrecita, me digo, en tanto que observo la forma en que se dobla por el peso de la vida. Tiene la pijama puesta y los pies cubiertos con unas pantuflas verdes, forradas, calientes. Hay que mantenerla abrigada. Ha perdido tanto peso. Es un manojo de huesitos cubiertos por una piel. Constantemente tiene frío. Camina lento. Dice que necesita ir al baño. Una vez de pie me pregunta hacia dónde vamos. Le recuerdo que ha dicho que quiere ir al baño. Me dice que estoy equivocado y se sienta de nuevo. Insiste otra vez en ir al baño. La pongo de pie nuevamente y cuando me encamino con ella me pregunta hacia dónde vamos.

– ¿Cuándo viene mi papá? ¿Por qué se han volado todos los pájaros? ¿Quieres que te regale una jaula?

       Arrastra los pies, le pesan. Nos dirigimos a la puerta a pesar de que aún no ha sonado el timbre. He pensado en todas las posibles respuestas para cualquier pregunta que pudiera hacerme al momento de salir de la casa. No puedo permitirme flaquear, la decisión está tomada.

– ¿Quién golpea la puerta?, pregunta. ¿Sabes tú quién golpea la puerta?

– No sé, le contesto, mientras pasamos frente al espejo del recibidor. Angustias ve su figura reflejada en el espejo y me pregunta:

– ¿Quién es aquella que está pasando allí enfrente?

       No vale la pena responderle la pregunta, ya no se reconoce. No contesto inicialmente, guardo silencio. Luego, creo que en justicia debo darle una última oportunidad.  Antes de abrir la puerta le tomo las manos, la miro a los ojos y le pregunto:

– ¿Y yo, sabes quién soy yo? Ella sonríe y me contesta lo único para lo cual no estaba preparado: No, no sé quién eres, pero sé que te quiero mucho.

Oquedad

Ayer se fue
tomó sus cosas y se puso a navegar.
Una camisa, un pantalón vaquero
y una canción
¿Dónde irá? ¿Dónde irá? […]

y se marchó
y a su barco le llamó, libertad
y en el cielo descubrió gaviotas
y pintó estelas en el mar

José Luis Perales, “Un velero llamado libertad”

Parece que te hubieras esforzado en dejar huella en todos los postigos, en los cerrojos de las ventanas pequeñas, en los pasadores de las grandes, en las aldabas de los portones, en los picaportes de las puertas, en todo lo que hubieras tocado pero también, maldita sea, en todo lo que solo hubieras querido tocar. El morral del colegio todavía huele a ti, tanto como los patines y los juguetes. Tu aroma está en los borradores, siempre sucios, mal limpiados, llenos de grafito que se desborda en los papeles, en las hojas manchadas de desorden. Huelen a ti: los lápices, con los que no alcanzaste a delinear la casa, el tren -con su vagón desportillado- y los animales, que veías hasta con los ojos cerrados. Nos dibujaste peces voladores, que para ti saltaban dentro del lavamanos. Hasta tu amigo invisible tenía tu aroma, recuerdo que te escuché hablar con él tantas veces. No lo conocí, pero estoy segura de que ahora ronda por aquí. Igualmente huelen a ti los cordones, nunca puestos en los zapatos, los cordones con los que tirabas del pequeño camión por las mañanas, a veces por las noches, pero siempre, siempre, siempre, por las tardes.

Quise decirte que no iba a extrañarte. No te habías ido y ya mi relación, entre mí misma y mis sentimientos, estaba partida, rota, descompuesta. Duele sí, pero tenías que irte, no creas que no lo sé. No pueden amarrarse los sueños, como hicimos tantas veces con las cometas, ni siquiera con el mágico cordón de tus zapatos. Tus sueños estaban en otro lugar y debías irte con ellos y yo, maldigo de nuevo, debía conformarme con lo que quedara, con aquella palabra que dijiste bajito y que se repite un sinnúmero de veces para que me habitúe a oírla cuando ya no estés, cuando ya no suene; conformarme con tus ojos cerrados de ayer para que me acostumbrara a vivir sin ellos cuando te fueras.

Me alimento de nostalgias: del rin-rin corre-corre, de las piedras en el lago jugando a pan y quesito, de la imagen de las pequeñas iguanas en tus bolsillos para ser salvadas de los depredadores, de los patos nadando en el lavadero, del pájaro de raza extraña al que tuvimos como paciente de un ortopedista, y al que le hacíamos terapia diaria.

Hay una oquedad infinita en mi ser. A veces pienso que es tan grande que yo no la contengo. Ella me contiene. No es la oquedad en el centro de mi pecho, sino que soy yo quien está contenida en la oquedad del universo inmenso y el dolor de la ausencia es otro parto sin el premio de tu carita y de tus ojos.

Desprenderse, soltar, sentir el dolor de no tenerte, aprender a vivir con la ausencia que se intenta colmar con un recuerdo, con la ilusión de poder pisar tu sombra cuando vas partiendo y la luz de la calle convierte tu figura en una silueta oscura, alargada, que no tiene tu ser pero que se te parece; correr a escondidas cuando te estás yendo, alcanzar la sombra que me hace creer que toco parte de ti. Ser feliz contigo, aunque te sepa en la lejanía. Aprender a vivir con la seguridad de que te parí para el mundo y que en el mundo habitas.

¿Cómo se llena este vacío y se sale del destierro al que nos condenamos nosotros, por voluntad propia, sin habernos movido de nuestra casa?, ¿cómo se entiende que el destierro sea nuestro cuando es otro el que se va, pero se va feliz porque no se siente desterrado, porque siente que marcha a encontrarse con un futuro que para él si existe y no es solo un mañana soñado? ¿Cómo se vive cuando te desvaneces en el aire camino a hacerte cargo de tu vida, seguro de que hay una forma de construir un nido, lejos del nido en el que has crecido, cuando estás seguro de que irte es la única oportunidad para ser uno contigo?

Las horas caminan, como mi mente camina contigo, solo que percibo que se mueven lento cuando yo quisiera que anden; jamás aceptaría que el remedio para mitigar el dolor de la ausencia sea amar menos. Vamos juntos, pensé. Aunque tu presencia no esté conmigo el hilo no se rompe. Vamos por la misma senda, aunque tú todavía vas de ida y yo, en cambio, ya ando de venida.

Me asomo

Un día el patio se llenó de hojas, pero no era otoño. No siempre que se caían las hojas era otoño. Miraba a través de la ventana, hacía frío. Quizá estaba empezando el invierno. El árbol estaba casi desnudo. Yo estaba cubierta, sin embargo, lo que tenía puesto no era suficiente para arroparme el alma. A mí me gustaba asomarme, asomarme a cualquier parte.

Hacía muchos años, me había asomado por primera vez. No recordaba los detalles. En esa ocasión después de estar cómoda en el único espacio que conocía, me asomé. Inicié mi vida por fuera de “mi burbuja”. Desde ese momento asomarme se convirtió en un vicio.

En muchas ocasiones me asomé a la vida de otros: para buscar el enemigo, para llenar la vacuidad, para desafiar el peligro, para aprender la palabra, para entender las razones, para habitar el espacio, para cortarme las alas, para contener la rabia, para perseguir las ideas, para llenarme de faltas.

Alguna vez, con esmero, me asomé a los ojos de él: para compartir los pecados, para mitigar el deseo, para besarnos en la cama, para perder el sentido, para saber si le hacía falta, para fumarnos las ganas, para purgarnos las almas.

Hace unos pocos días me asomé a mí misma. Era curioso. Era como si pudiera, desde afuera de mi cuerpo, entrar a través de mis ojos. Cogí con delicadeza mis párpados, los abrí un poco más de lo normal, con cuidado, con temor a no caber dentro de mí. Pero sí cupe. Era la primera vez que me zambullía verdaderamente en mi interior. Me asomé a mi historia. Fue difícil, la memoria fabrica fantasmas. Quise liberar algunos recuerdos, sumirlos en el olvido. No había chance, me vi desnuda. Le abrí la puerta a lo que ya no servía, a mucho de lo que me atormentaba y luego, con cuidado, tapié las ventanas para que no se escaparan algunas de aquellas cosas que ya no me acongojaban. A partir de ese día, me quedé conmigo misma. Hoy ya no busco un resquicio por donde asomarme.

Tres microfragmentos III

  • Diferencias

Me dijo que estaba buscando sueños para llenar tantas noches vacías; a mí, en cambio, me faltan noches donde alojar tantos sueños.

  • Indecisión

¿Qué hacer?                                                                                                                                                          

En el futuro sin ti quizás me muera. En el presente contigo ya estoy muerta.

•    Caníbal

Dime lo que comes y te diré si a eso me sabes.

Extraviarme

¡Tantos mundos imaginarios dentro de mi mundo mundano, tantos submundos!, a uno de esos es a dónde hoy quiero irme. En cada uno de ellos conviven tantas dislocaciones del mío. ¿Quién podría asegurar si eso que allí avizoro es real?  Quisiera irme a cualquier lado a dónde yo esté esperando por mí mismo, sin que la realidad me alcance, a dónde escoger con libertad así lo que escoja sea un naufragio.

Hoy no busco un destino a donde llegar con sextante, ni para arribar allí solo ni para compartir con nadie. No estoy buscando una ruta marcada, camino detrás de mis errores; hoy quiero romper con la rutina. Repetir la misma vía se me antoja angustiante. Solo persigo el vacío, sin lograr que una sordina apague esta misma pregunta repetida hasta el hartazgo, pues me carcome el cerebro sin saber qué contestarle. Hay un reloj dinamitando el mutismo con su tic y con su tac, pero no me dice nada. No me permite hallar un silencio a donde me pueda auscultar. Quiero oírme a mí solo, no quiero escuchar a nadie; quiero un espacio desierto para llenarlo con aire, a donde consiga ser mi propio espejismo.

Hoy solamente quisiera que a mí no me encuentre nadie, yo solo quiero extraviarme, y buscar una salida y luego esconder la entrada. Quisiera permanecer afuera, cuando la lluvia inunde las calles, cuando me alcance la noche sin que alguno me tropiece antes; que cuando quiera volver no descubra las pisadas, debiendo construirme de nuevo, o teniendo que inventarme.

Hoy, no persigo la lógica, ni que mis sesos estallen, ni saber si lo que pienso se parece a lo que existe. Quiero espantar todos los hábitos, acabar con lo de siempre, que se vuelva una aventura desconocer donde ando, que los fantasmas dormidos se despierten en mi cama. Quiero perder el sentido, que se me crucen las calles, y que en medio de ese ruido también se crucen los cables. Que no haya una palabra que logre identificarme. Que me llame como nunca, que mi nombre sea disímil al que siempre me ha nombrado; quiero perderme en la lucha, luchando por despistarme; encontrar un espacio propio que pueda ser mi refugio, cuando no busque un destino para compartir con alguien. Sigo soñando despierto, soñando con extraviarme.

Pequeña de cuatro décadas

Es posible que si pudieras expresar una frase completa me manifestarías:


Dices que no sabes lo que pienso, porque mi cerebro no se conecta con mi habla de la misma forma como sucede contigo, porque lo mío no es el don de la palabra. A ti, que tienes conexión entre tu cerebro y tu habla, que posees el don de la palabra, quisiera poder preguntarte: ¿conectas tu cerebro con tu alma?

Mírame. Conecta tus ojos con mi mirada. A diferencia tuya no puedo atender varias cosas al tiempo por eso, cuando coincidimos, tengo la suerte de enlazarme solo contigo. En mí no se genera un murmullo mientras me hablas, solo tu voz es la coordenada que sigo. Me es imposible completar la imagen que en mi mente se construye. La mayoría de las veces no puedo ponerla en palabras, pero tengo en mi corazón la ilusión de que cuando tu ser se acerca a mí, eres tú quien está a mi lado; tú, en cambio, puedes estar tranquila, puedes cambiar la palabra ilusión por la de certeza, soy yo la única que está a tu lado cuando nos acercamos.

Te sientes libre, ¿cómo y para qué? Libre soy yo que no tengo que adaptar mi comportamiento a lo que esperan de mí. Libre soy porque actúo acorde con lo que siento, porque actuar es darte un abrazo cuando me dedicas tu tiempo, es decir tu nombre con dificultad, es repetirlo tantas veces, intentarlo por diez años hasta que suene muy cerca a como lo dicen los demás, sin pensar en que hay errores cuando lo pronuncio, porque sé que existes en mí, aunque no sea capaz de nombrarte.

Tu realidad vive fuera de ti, la mía vive en mi interior, no tengo otra; nuestra realidad difiere desde el lugar en que cada una mira. Soy feliz porque vivo conmigo, desde aquí observo cómo es que tú vives contigo. Me regocijo en el silencio que me confirma que sobran tantas cosas, que algunos atesoran para después desecharlas cuando pasado el tiempo no saben qué hacer con ellas. Yo solo atesoro el tiempo, colecciono miradas, grabo silencios, suspiros, caricias de manos que se conectan conmigo. Yo trabajo, así no lo veas, en que no se pierda la conexión entre tu cerebro y mi alma para que puedas sentir que habitas en mí, así yo no sepa decirlo.

Más allá del abecedario

                                                                                                             Esto es entre tú y yo, no lo digas a nadie:

                                                                                                     en la vida vas a encontrar abismos y puentes,

                             dificultades, desesperación,

                                                entonces escribe,

                                                                        las palabras son lo único que tendrás cuando ya no haya nada.

                                                                                                              José Zuleta Ortiz, “Lo que no fue dicho”

Y así un día, cubierto con tu armadura de letras, desenfundaste las palabras y me disparaste con una de ellas. El disparo fue tan fuerte, tan certero, que me hirió dejándome marcada. Fue una sola palabra con su propio sentido, con su sonido, con su significado.

Desde antes de la época del disparo, desde siempre, he estado en la búsqueda de lo que puede estar contenido en las palabras, del misterio que hay en cada una de ellas. Hay en todas tanta fuerza, tanto en aquella que no tiene mordaza, como en la que agazapada surge con temor a ser censurada. En la que cuestiona, en la que se origina en el cerebro y luego viaja en el aire, sin ser vista, para penetrar en los oídos como una ráfaga; en aquella que a veces queda sonando por mucho tiempo sin que logremos atraparla, en las que desafían; o en otras que no logramos reconocer puesto que parecieran dichas en diferentes idiomas. Lo mismo sucede con la palabra escrita: con la que surge del vacío para convertirse en una herida sobre el papel, con la que al mismo tiempo de herir va sanando en la medida que va expresando; con las que producen placer o dolor, halago, confianza, satisfacción. Las que nos nutren, las que ofenden, las que mienten o deprimen, así su significado nos aproxime al desastre.

Dicho lo anterior, pensé que estaba lista para unirme al desafío de un colectivo argentino que busca “poner en palabras todo aquello que se quedó como un nudo en la garganta, como una trompada en el estómago”. Así que allí estaba, buscando las palabras apropiadas, en momentos donde no afloraban las palabras. Exploraba en mi interior. Sentía que me quedaba corta. ¿Qué son las palabras cuando el sentimiento te ahoga y no te permite comprender los sonidos? ¿Qué hacer cuando hay algo que te impide poner las emociones en palabras?, pensé. Luché por encontrarlas, si no podía pronunciarlas, por lo menos podría escribirlas. Me propuse entonces perseguir las letras hasta el punto a donde tendrían que llegar si la tierra era cuadrada, seguirlas hasta el final de los mares a donde comenzarían a caer como caerían los barcos de aquellos que no sabían que la tierra era redonda. Cerré los ojos, me apresuré a buscar el filo por donde iniciarían la caída y a fantasear con zambullirme en ese abismo que debería estar pleno de letras, un alfabeto completo que me permitiría construir palabras, segura de que allí habría tantas que me sobrarían algunas, pero no fue así. Pude ver unas pocas letras con las que era imposible construir alguna cosa con sentido. Fui consciente de que el juego no está en las letras, que no es posible construir con ellas palabras que se vuelvan frases cuando el sentimiento no aflora. La tierra es redonda, otra es la realidad. Hoy, he perdido el desafío, en esta ocasión no encontré las palabras, es posible que las haya desgastado cuando olvidé que su significancia no depende siempre de un diccionario.

Sublevación

No tiene nada de ilegal hablar o escribir de ti como lo hago. Aunque pienses que tanto tu opinión como tu actuar no coinciden con lo que expreso, no me retractaré. Debes saber que no tendré prudencia cuando hable de tu religión, tu filiación política, tus vicios, tus amores o tus adicciones. No hay falsedad en lo que manifiesto con respecto a ti. Nada de lo que he dado a conocer de tu vida, puede considerarse un delito.

No me sobra piedad para describirte, es cierto, como tampoco me he dejado llevar de la alevosía para nombrarte. Gracias a mí existes, dependes de mí. Entiéndelo, tu sombra camina conmigo.

No me digas lo que no harás, no me levantes la voz. En este fragmento tú eres mi personaje, yo te creé; soy yo quien de ti escribe y, aunque sé que no mantendremos esta relación por mucho tiempo, si no termino con tu vida  es porque, como tú muy bien lo sabes, hay en ti tanto de mí.

Diario

Enero de 2015:

Camino errante por la casa. La casa me sonríe. Haraganeo en un sofá, contemplo todo. Observo. Estoy un poco distraída, sin embargo, me siento capaz de identificar lo que veo; hasta le he puesto un cartelito mental a cada cosa que me rodea. Cartelito invisible para los demás, pero necesario para mí. Podría ser que algún día la vida pase corriendo y se ensañe conmigo, haciendo que el nombre de cada una de estas cosas se me olvide. De igual manera he estado dejando pistas de mi paso por la vida, para encontrarme; por si algún día tuviera que venir desde el futuro a buscarme. Dije: pistas para hallarme. Eso es lo que quiero, no dije trascendencia. Si me pierdo, puedo volver a buscar una señal.

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Mayo de 2018:

Hoy, sin razón especial, he recordado mis letreros. No sé porqué he pensado que es bueno revisarlos. Eso he hecho, me he detenido a examinarlos. Parece que aún están en el mismo lugar; tanto ellos como las cosas. Pareciera que nada hubiera cambiado de sitio. No obstante, no entiendo porque han dejado entrar una pequeña bruma en la casa que no me permite ver con claridad. Luego de inspeccionar encuentro que de algunos objetos recuerdo la figura, pero hay otros de los que tengo dudas.

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Marzo de 2020:

Hace unos días, no recuerdo si pocos o muchos, la neblina ha aumentado; tal vez no fueron días, fueron semanas, ¿pocas semanas o muchas? Bueno, quizás sería mejor decir que hace algún tiempo, aunque no estoy muy segura de cuánto. Hace un tiempo que los nombres de algunas piezas no me dicen nada. Me he quedado inmóvil esperando que el eco me devuelva una palabra. No ha habido eco. Los carteles siguen estando en su lugar, pero en ocasiones siento que el nombre escrito en el letrero no tiene relación con la figura que veo. Hay casos donde no hay nada que me traiga de nuevo el sonido o la imagen esperada.

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Junio de 2022:

Hoy, encontré que estoy llena de avisitos, estos parecen reales. Todas las partes de mi cuerpo tienen un nombre, hay unos que suenan de forma musical: clavícula; algunos tienen rima: rodillas y costillas. Los que más extrañeza me causan son los que, definitivamente, no me dicen nada: ojos, pie, boca, mano, nariz. Tengo una hermosa cadena de la que cuelga una placa. La reviso. Hay un nombre y un teléfono. Me veo extraña: toda vestida de negro, llena de rotulitos blancos. Me pregunto si me los habrán puesto porque, con el paso del tiempo, mis amigos y mi familia se han perdido en la nebulosa y no saben ni como me llamo ni a quien tienen enfrente.

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Julio de 2022:

¡Pobres todos! Me miran con extrañeza. No conozco las cosas que están allí. Veo personas cubiertas por un mar de niebla. Intento entender la razón de este silencio que se adueñó de mí. ¿Quiénes me rodean? Escribo desde un lugar en el que ya no estoy. Hay tantas cosas que quisiera contar pero yo misma no reconozco las huellas de mis pisadas. Suplico que no tengan problemas para reconocerme. ¿Quién soy yo y quién eres tú ahora?

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Agosto de 2022: