Cambiando la perspectiva

El mundo había ido perdiendo su encanto, el efímero mundo humano se había ido desgastando. Las mañanas ya no tenían aires de frescura, en realidad todo estaba perdiendo su aire. Yo misma había empezado a ignorar algunas cosas sin darme cuenta de que con eso también me estaba ignorando a mí misma.

¿Por dónde respirar? Esta asfixia infinita, esta lucha eterna por completar todo y completarme, sin entender que nunca estará terminada la obra.  ¿A dónde me busco?, ¿y si no me encuentro? ¿Cómo mirarme? ¿Y si solo estoy en el proceso? Tomo algunos pedazos, con ellos debería llegar a alguna parte. Me digo que puedo ir armando el rompecabezas sin tener que haber adivinado el acertijo. No me lo creo.

Pienso en Sísifo. Veo caer la inmensa piedra y no me motivo a correr tras de ella. Me niego a bajar a recogerla para comenzar a subirla de nuevo. Esta vez voy a dejar que se vuelva añicos; recogeré los pedazos para reconstruir. ¿Por qué completar siempre lo iniciado? Conviene dedicarme un poco a la deconstrucción y con los hallazgos cambiar la perspectiva.

Estoy rompiendo a pedazos lo que pensé que: o estaba listo o estaba cerca de terminarse. Reconstruir, vivir con los fragmentos. No puedo tener el todo, pero puedo llegar a tanto con los pedazos. Hoy me quedo con lo voluble, con lo fugaz, con lo inconcluso, con lo atemporal, con lo abstracto. Con la nebulosa.  

Recuperemos el tiempo para la nostalgia

No estoy segura ni del lugar ni del año en que estábamos. Sé que fue en alguna etapa de mi vida reciente cuando mi madre mirándome a los ojos me dijo:

– Contémplame. Soy de las últimas sobrevivientes de una época en la que siempre podíamos experimentar lo que se sentía al evocar el pasado, no solamente recordar el pasado, sino ser conscientes de cómo habíamos sido parte de cada acto que realizábamos. ¿Por qué siempre estás haciendo tantas cosas al mismo tiempo? Hoy ya no pienso en que llegará el día en que no haya tiempo para sentir nostalgia, creo que ya esa hora ha llegado. Vivimos en una época en la que se acabó el tiempo para sentir y disfrutar de la nostalgia. No se vive el presente con detenimiento, lo que hace que después no se tengan plantadas las reminiscencias, como una fotografía en el alma, y así no se puede apelar de manera inequívoca a la memoria.

No creo que, en mi caso, en lo que concierne a la memoria y la nostalgia, todo haya sido tal como lo retrata mi madre. Me explico. Creo que, por lo menos, hubo una  parte de mi vida en la cual, sin mucha conciencia, disfrutaba el momento sin distraerme con otras actividades. De hecho, son los instantes a los que tengo anclada mi infancia, mi adolescencia y mi juventud, pero cuando empiezo a hablar de adultez, concuerdo con ella, la cosa va cambiando.

La nostalgia, dicen algunos, es lo que queda cuando ya el amor no está; lo que aflora al recordar con alegría el pasado mientras se piensa que no volverá o lo que se siente cuando se cree que es posible que aquello tan lejano se avecine. Es aquí en la adultez cuando surgen mis preguntas. ¿Cómo recordar el ayer, con detalles, si al momento de vivirlo coexistimos con tantos instantes que hacen que a futuro tengamos una amalgama de recuerdos, con fechas que no se pueden rescatar, ausencia de detalles de ese mundo en que cohabitamos, emociones que no recordamos haber sentido e incluso hechos que, para nosotros, sucedieron en un tiempo diferente al que otros recuerdan? Fue como adulta cuando comencé a vivir entre lo que inició siendo un murmullo y ahora es un bullicio inexorable, en donde la primera voz que se silenció fue la mía, para darle paso a tantos “tengo que hacer” y a una cantidad de cosas que, sin tener que ser realizadas hoy, voy colgando a mi lista de pendientes. Me volví adicta a mí y una juez implacable que revisa a diario el cumplimiento de mis tareas: cosas para organizar, para comprar, para cambiar, pero no para vivir. El día no alcanza. Es así como vamos deviniendo en zombis sin memoria al detalle, caminando entre la luz que nos ofrece el nuevo día y nuestras propias sombras. Esta versión de mí, en la que me he convertido, es incompleta. Tantas veces no estoy atenta a lo que hago por lo que después no recuerdo si realmente lo hice y lo olvidé o si no lo hice. Así las cosas, mi propia versión no se completa.

No hablo de que se pierda el norte, el norte sigue estando claro, lo que siento es que el relato de nuestra propia vida pasa de ser una historia a una novela, un cuento, un ensayo, para terminar siendo esa ficción o fantasía que construimos con los retazos de las remembranzas, que desenterramos de donde habían sido sepultadas antes de que les pasara por encima una reescritura, convirtiendo la vida en un palimpsesto en donde la última vivencia es la que recordamos, olvidando que ha sido escrita sobre las verdaderas historias de las que ya no nos acordamos. No digo que esto suceda siempre, pero es bastante frecuente que en la adultez no podamos evocar los detalles de cómo se llenaba de plenitud el corazón cuando el viento nos despeinaba, cuando el calor nos abarrotaba. El recuerdo de la lluvia, aquella alegría con la que regresábamos a casa, con temor a una reprimenda y con una cantidad de barro proporcional a lo que hubiéramos disfrutado, está en la memoria de la niñez.

A la velocidad en la que nos hemos visto envueltos, nos dedicamos no a gastar la vida sino a desgastarla, sin pensar, sin disfrutar, sucumbiendo al hastío del tener que hacer las mismas cosas, asumiendo la rutina; rutina en la que nos vamos sumergiendo por la falta de tiempo para contemplar otras posibilidades, para decidir si queremos ir de frente, si sería mejor devolvernos y tomar varias veces el mismo camino, luchando por mantenernos en el centro.

Las horas del reloj marcan las veinticuatro, pero a mí no me alcanzaron sino para hacer lo que se hace en veinte. Me levanto pensando que es lunes, que no ha despegado la semana, pero mi calendario muestra que el domingo pasó hace dos días. ¿En qué momento perdí un día? Más de lo mismo, de lo mismo, sin disfrute. Estamos en el último mes del año y todavía no nos hemos recuperado de las fiestas infantiles del fin de octubre. No hemos terminado de guardar en el armario la ropa de verano, que ya no usamos, y ya estamos sacando la de invierno. Para de correr, me digo, la vida es una sola y no creo que pueda recordarla sino paro de correr. La vida es lo que me queda cuando paro de correr. Esa es la vida. El afán, para todo, de manera desmedida y como hábito, muchas veces no lleva a ningún lugar y sí hace que tantas veces abortemos los proyectos antes de llegar al destino donde la jornada debería finalizar. Diferente este afán al del caso de aquella velocidad beneficiosa que le inyectamos a la vida con una finalidad consciente.

¿Cómo pedir el milagro de otro día si todavía no se ha vivido el de hoy, si muchas de las horas que marca el reloj, para nosotros han sido horas huecas, no vividas?

Ahora es de noche y siento que el tiempo corre más lento, pero es el mismo tiempo. Antes, cuando escribía a mano sentía que disfrutaba las horas, incluso a veces percibía como si se hubiera detenido el tiempo. Ahora el computador, como otros medios electrónicos, exponencia la carrera, ni siquiera tengo que teclear todas las letras; el auto corrector me completa las palabras y así dando saltitos del teclado a la página a veces, ni siquiera alcanzo a leer todo lo que escribo. Debo llenarme de la ilusión de que lo que no termine hoy, mañana tiene una oportunidad. ¿Bajo qué condiciones “no dejar para mañana lo que se pueda hacer hoy” tiene validez? ¿Por qué ponerle otra meta a mi día? No puedo seguir en la angustia de coleccionar una lista de cosas no terminadas al llegar la noche y sucumbir a la ansiedad por el incumplimiento de mis obligaciones.

Añoranza, remembranzas que nos den cabida a la nostalgia, que permitan que la biografía sea escrita por nosotros, con la velocidad contenida, conscientes de cada acto, sin saltarnos las emociones, seguros de que cuando el reloj deje de ser el dueño de nuestras vidas regresarán las horas para la contemplación, el ensimismamiento y la reflexión y ganaremos nuevamente el derecho sobre nuestro propio tiempo.

Inmortalidad

Ya no vive nadie en ella
a la orilla del camino silenciosa está la casa
se diría que sus puertas se cerraron para siempre 
se cerraron para siempre sus ventanas […]
Jorge Molina Cano, “Las acacias”

Desde la adolescencia, cuando creí que era inmortal, hasta hoy, cuando ratifico que no lo soy, la falta, la inexistencia, los 365 días de ausencia, pendida aún del cada vez más delgado hilo en que se convierte un cordón umbilical, me recuerdan que la inmortalidad tiene dos orillas: la suya y la mía. Yo no soy inmortal, pero usted, sin proponérselo, se perpetuó con el paso del tiempo.


Tuve unos minutos para pensarlo, jugué con el llavero entre mis dedos, dudé sobre si realmente deseaba encontrar la llave. Me dije que no quería, pero no había opción, en este caso no. Así que tomé la llave, abrí la puerta, empujé la nada. Pensé que nada había dentro de la casa. Creí que venía a despedirme de las paredes porque de usted me había despedido un año atrás. Sabía que sería la última vez que entraría a la casa. Venía a cerrarla para siempre.


Muros blancos, con usted se fueron los retratos de sus seres queridos. Ventanas que hoy son solo vidrios y no su forma de conectarse con el mundo. Balcón sin plantas. Aún las cortinas, no hay muebles, no hay más nada. Una casa huérfana de gente. Yo, huérfana de usted. Una casa que se desocupa poco a poco, donde el sabor humano de otros tiempos se fue junto con los fantasmas de los seres amados. La casa de los afectos está cada vez más lejos.


Abrí la puerta, sí; y como en uno de sus poemas favoritos: «yo misma en cierta ocasión de esta escena fui testigo», antes de dar el paso para entrar me envolvió su olor, ese signo de intimidad que solo usted y yo conocemos. La veo parada en la puerta esperando el encuentro, escucho el ruido del bastón al caer sobre el piso, ¡Qué raro! me digo, ¿o lo extraño es que el bastón se mantuviera en su mano? Hubiera querido heredar su dulcísima paciencia. Luego silencio. Mutismo total, como el silencio que fue su compañía por tantos años; sin embargo, en este lugar donde la memoria y la imaginación van de la mano, una de las dos juega conmigo, no sé si es un recuerdo o es una imagen fabricada pero hoy suena música en alguna parte, se escuchan las ollas en la cocina, en el siempre adelantado reloj de pared suenan once campanadas aunque en el mío todavía falten diez minutos. Huele a salsa de pomodoro. Usted y yo sabemos que es domingo, siempre será domingo. Grité su nombre mil veces, esperando que el eco la perpetuara aun cuando, con el paso del tiempo, yo tampoco estuviera para nombrarla. Quise impedir que se cumpla aquello sobre lo cual se habla tantas veces: que uno se muere en dos oportunidades: una cuando el cuerpo deja de existir y otra, cuando dejan de nombrarnos.


¡Qué noche más larga!, 365 noches fundidas en una sola, vaciadas en una noche interminable. Da lo mismo contarlas por separado que sentir esa eternidad en una sola. Duele mirar atrás. No olvido que debo recordarla, me lo repito a diario, fácil es para quienes estamos del otro lado de su frontera. Nosotros no tenemos que esperar que vuelva, usted no se ha ido, me digo, no tenemos que temer que el olvido arrope de forma inclemente su recuerdo ni tenemos que buscar cómo eternizarla. Todos sabemos que usted… usted sí que es inmortal.

 

Donde duerme la noche

Quiero fundirme en ti como la tarde se funde con el mar cuando el sol desaparece.

Me dijiste «noche» y yo creí en la noche. En ella me vi junto a tu cuerpo y el miedo se desvaneció en la cama. Conseguí la eternidad con solo rozar tus dedos, si tú estabas allí no tendría que preocuparme por el tiempo. Y luego, cuando el amor se durmió sobre la almohada y el cansancio se cubrió con la sábana, el miedo voló por la ventana. Nos quedamos tú y yo mirándonos a la cara, escuchando las ráfagas de silencio cruzar el firmamento, pensando: ¿a dónde duerme la noche cuando despunta el día y el sol sube enardecido en un éxtasis de colores?

Tú rompiste el silencio diciendo «día», yo no quise ver la luz ni ver que ya amanecía. Cuando miré por la ventana el miedo mordaz regresaba y la luna nos daba la espalda. Presentí que el amanecer nos envolvería y se podría atomizar el sentimiento. Yo solo quería volver a oír nuestros silencios, recorrer nuestros caminos, rozar tus dedos. Vi cómo caminábamos hacia el amanecer, dando un paso a la vez, dos cuerpos vacíos con almas prisioneras.

Te dije «regresemos a la noche». Lo intentamos, pero no encontramos el camino. Ya no supimos volver y el viento se llevó silbando tu nombre, y la espuma nos envolvió los pies, y nos abrazamos a la arena hasta que la neblina nos desdibujó las caras.