Zooilógico

Vampiro

– Sangre de mi sangre: es la frase ideal para describir mi linaje. Serán como yo, pensaba el vampiro. Había llegado el momento de ver parir a su pareja.

– Sangre de mi sangre, se repitió mientras recordaba que no sabía cuán contaminada estaba su sangre después de haber saciado su sed en tantos seres.

Dicho esto, reparó en que antes de aumentar su prole debió transfundir su sangre y dijo:

– una cosa es que sean sangre de mi propia sangre y otra diferente es jugar a la ruleta rusa con la genética, pero ya es demasiado tarde.

Mantis religiosa

– ¡Esas manos en posición de oración!

Pensó el macho mirando la hembra sobre una rama, dejándose atraer por los ojos saltones y la intención solapada.

– Tal vez sea un buen momento para poseerla y saltó sobre ella.

De inmediato la hembra dejó su máscara y una vez consumó el acto lo devoró sin conmiseración. Luego, adoptó nuevamente su actitud religiosa juntando las manos.

Rana

De una vez les digo: “no me vengan con el cuento ese de que si una princesa me besa me convierto en príncipe; después de que he visto cómo se comportan los seres humanos, prefiero seguir siendo un batracio”.

No. Así no

¿Quién te dijo que tu vida era lo que me faltaba para sentirme viva? ¡Tu vida! Asida a la mía con tiritas de papel y pegamento casero; unida con puntaditas de hilo color carne para que no se notara que estaba cosida. ¿Pensaste que, al tejer nuestras historias, a tu acomodo, se fortalecería también la historia mía? ¿No has notado que cuando mi urdimbre se reforzaba, tu trama mostraba su verdadera cara y mi biografía desaparecía?  

No. Así no requiero tu vida.

Tu vida… prisionera de tu no ser. Saliendo a flote en cada esquina, de manera socarrona, perturbada, abatida. Confundiéndome con tus fantasías. No preciso de ti cuando te encarnizas pretendiendo enseñarme cómo debería ser mi yo. No intentes modelar mi arcilla, ni hacer una falsa escultura con tus manos encubiertas.

No. Así no me aporta tu vida.

Ni que hablar de los relatos, de cómo atiborras pedazos de papel con el libreto de lo que debe ser mi existencia, novelándome a tu conveniencia. Te deshaces en lamentos cuando no tienes argumentos. Es tu yo, proyectado en mí, lo único que ansías.


No. Así no me contribuye tu vida.

Inmerso en noches de placer, solo a través de mi cuerpo encuentras las respuestas requeridas. No más. No más en nombre de un amor que me intoxica. No proyectes mi vida como tú te la imaginas. No soy una prolongación tuya. Te equivocas cuando piensas que a eso pueda llamarse compañía. No necesito que me diseñes, que me esboces, que me inventes. Para ser el yo que me represente, debo trabajar por una vida. La mía.

Epifanía de una errancia involuntaria

Hemos llevado al límite al hombre del campo. Hoy camina a su suerte, huyendo a través de las parcelas que han amamantado generaciones de hermanos, cuando todos cabíamos en un planeta. A la vuelta de las miradas se les ve correr con hatillos improvisados sobre las costillas. Con los hijos montados sobre las caderas, pegados a un pecho que no mana leche sino sangre. Debajo de lo que queda de un sombrero hay dos ojitos, no importa si son redondos, almendrados o rasgados. Debajo de otro sombrero raído se ve un rostro cansado, no importa el color, la paleta es inmensa. De tantas parcelas de nuestra geografía la huida es diaria. En tantas grietas del mundo pulula el hambre.


Hemos llevado al límite a miles de personas, del campo, de los pueblos, de las ciudades capitales, cuyo desacierto no es otro que estar situados en un lugar, llámese patria chica o solo patria, un lugar que creyeron propio y del que vinieron a apropiarse forasteros sin derecho. Hoy caminan kilómetros como sonámbulos, esperando despertar de la pesadilla que los ha envuelto. Miran al suelo, desconocen su reflejo. A pesar de que pareciera que su sombra tiene más carne que la que ellos arrastran con su tragedia, a pesar de esa mínima corporalidad, saben que la ausencia de cuerpo en su silueta es la misma carencia de cuerpo con la que caminan. Esqueletos forrados, contenedores de almas, arrastrando miseria. Conscientes de que hay una parte de sí que se les escapa. Aunque se saben dormidos, lloran en su destierro, por el destino que no conocen. Intuyen que solo serán jirones, andrajos, piltrafas, aquello con lo que la vida los arropará muy pronto. No necesitan agua para naufragar. Su vulnerabilidad desafía la lógica y los convierte en náufragos terrestres, asfixiados en tierra firme. ¡Si se pierde la patria cuando vivos, qué decir de sus muertos! Serán por siempre apátridas. Nunca habrá la posibilidad de recoger los restos de los que se quedaron atorados en el camino. Los epitafios quedaron escritos en sus propios cuerpos. El viaje debe seguir con el recuerdo de las miradas, con el eco de las palabras, con la ingravidez de los cuerpos que ya no están. Con el peso del dolor que se esparce en medio de la incomprensión de las razones por las que han tenido que iniciar la diáspora. Con la esperanza de una tierra que nadie les ha prometido, pero a la que esperan llegar para convivir en paz y a la que anhelan llamar nueva patria, ojalá de manera permanente.


Luchan por una patria que no es solo su patria. A ella, por extensión, pertenecemos todos. Todos estamos en el mismo camino. Compartimos un lugar que no es solo nuestra propiedad, todos cabemos en el planeta. Planeta que se revela con fenómenos que tienen nombres que poco habíamos oído antes: pandemia, tsunami. Palabras que hoy día son más familiares que el sentimiento de solidaridad que debería acompañarnos ahora y en todas partes. Producto de nuestros atropellos, el planeta se mece entre el verano contundente y el invierno salido de cauce. El infierno se ha rebosado tantas veces que habrá que pedirle perdón a Dante porque, incrédulos, creímos que había exagerado su canto, sin imaginar que aquello que el poeta había dibujado en su poema era un simple boceto del averno terrenal. El aire que respiramos está fuera de control y ese «olor a espanto» que antes se sentía tan lejos, por estos días se siente muy cerca. ¡Quién sabe si por ahora sea solo el planeta el que está exangüe y debilitado! Hacemos parte de un universo infinito. Si todo acto tiene su consecuencia ¿quién asegura que el resto del universo se salve?

Recuperemos el tiempo para la nostalgia

No estoy segura ni del lugar ni del año en que estábamos. Sé que fue en alguna etapa de mi vida reciente cuando mi madre mirándome a los ojos me dijo:

– Contémplame. Soy de las últimas sobrevivientes de una época en la que siempre podíamos experimentar lo que se sentía al evocar el pasado, no solamente recordar el pasado, sino ser conscientes de cómo habíamos sido parte de cada acto que realizábamos. ¿Por qué siempre estás haciendo tantas cosas al mismo tiempo? Hoy ya no pienso en que llegará el día en que no haya tiempo para sentir nostalgia, creo que ya esa hora ha llegado. Vivimos en una época en la que se acabó el tiempo para sentir y disfrutar de la nostalgia. No se vive el presente con detenimiento, lo que hace que después no se tengan plantadas las reminiscencias, como una fotografía en el alma, y así no se puede apelar de manera inequívoca a la memoria.

No creo que, en mi caso, en lo que concierne a la memoria y la nostalgia, todo haya sido tal como lo retrata mi madre. Me explico. Creo que, por lo menos, hubo una  parte de mi vida en la cual, sin mucha conciencia, disfrutaba el momento sin distraerme con otras actividades. De hecho, son los instantes a los que tengo anclada mi infancia, mi adolescencia y mi juventud, pero cuando empiezo a hablar de adultez, concuerdo con ella, la cosa va cambiando.

La nostalgia, dicen algunos, es lo que queda cuando ya el amor no está; lo que aflora al recordar con alegría el pasado mientras se piensa que no volverá o lo que se siente cuando se cree que es posible que aquello tan lejano se avecine. Es aquí en la adultez cuando surgen mis preguntas. ¿Cómo recordar el ayer, con detalles, si al momento de vivirlo coexistimos con tantos instantes que hacen que a futuro tengamos una amalgama de recuerdos, con fechas que no se pueden rescatar, ausencia de detalles de ese mundo en que cohabitamos, emociones que no recordamos haber sentido e incluso hechos que, para nosotros, sucedieron en un tiempo diferente al que otros recuerdan? Fue como adulta cuando comencé a vivir entre lo que inició siendo un murmullo y ahora es un bullicio inexorable, en donde la primera voz que se silenció fue la mía, para darle paso a tantos “tengo que hacer” y a una cantidad de cosas que, sin tener que ser realizadas hoy, voy colgando a mi lista de pendientes. Me volví adicta a mí y una juez implacable que revisa a diario el cumplimiento de mis tareas: cosas para organizar, para comprar, para cambiar, pero no para vivir. El día no alcanza. Es así como vamos deviniendo en zombis sin memoria al detalle, caminando entre la luz que nos ofrece el nuevo día y nuestras propias sombras. Esta versión de mí, en la que me he convertido, es incompleta. Tantas veces no estoy atenta a lo que hago por lo que después no recuerdo si realmente lo hice y lo olvidé o si no lo hice. Así las cosas, mi propia versión no se completa.

No hablo de que se pierda el norte, el norte sigue estando claro, lo que siento es que el relato de nuestra propia vida pasa de ser una historia a una novela, un cuento, un ensayo, para terminar siendo esa ficción o fantasía que construimos con los retazos de las remembranzas, que desenterramos de donde habían sido sepultadas antes de que les pasara por encima una reescritura, convirtiendo la vida en un palimpsesto en donde la última vivencia es la que recordamos, olvidando que ha sido escrita sobre las verdaderas historias de las que ya no nos acordamos. No digo que esto suceda siempre, pero es bastante frecuente que en la adultez no podamos evocar los detalles de cómo se llenaba de plenitud el corazón cuando el viento nos despeinaba, cuando el calor nos abarrotaba. El recuerdo de la lluvia, aquella alegría con la que regresábamos a casa, con temor a una reprimenda y con una cantidad de barro proporcional a lo que hubiéramos disfrutado, está en la memoria de la niñez.

A la velocidad en la que nos hemos visto envueltos, nos dedicamos no a gastar la vida sino a desgastarla, sin pensar, sin disfrutar, sucumbiendo al hastío del tener que hacer las mismas cosas, asumiendo la rutina; rutina en la que nos vamos sumergiendo por la falta de tiempo para contemplar otras posibilidades, para decidir si queremos ir de frente, si sería mejor devolvernos y tomar varias veces el mismo camino, luchando por mantenernos en el centro.

Las horas del reloj marcan las veinticuatro, pero a mí no me alcanzaron sino para hacer lo que se hace en veinte. Me levanto pensando que es lunes, que no ha despegado la semana, pero mi calendario muestra que el domingo pasó hace dos días. ¿En qué momento perdí un día? Más de lo mismo, de lo mismo, sin disfrute. Estamos en el último mes del año y todavía no nos hemos recuperado de las fiestas infantiles del fin de octubre. No hemos terminado de guardar en el armario la ropa de verano, que ya no usamos, y ya estamos sacando la de invierno. Para de correr, me digo, la vida es una sola y no creo que pueda recordarla sino paro de correr. La vida es lo que me queda cuando paro de correr. Esa es la vida. El afán, para todo, de manera desmedida y como hábito, muchas veces no lleva a ningún lugar y sí hace que tantas veces abortemos los proyectos antes de llegar al destino donde la jornada debería finalizar. Diferente este afán al del caso de aquella velocidad beneficiosa que le inyectamos a la vida con una finalidad consciente.

¿Cómo pedir el milagro de otro día si todavía no se ha vivido el de hoy, si muchas de las horas que marca el reloj, para nosotros han sido horas huecas, no vividas?

Ahora es de noche y siento que el tiempo corre más lento, pero es el mismo tiempo. Antes, cuando escribía a mano sentía que disfrutaba las horas, incluso a veces percibía como si se hubiera detenido el tiempo. Ahora el computador, como otros medios electrónicos, exponencia la carrera, ni siquiera tengo que teclear todas las letras; el auto corrector me completa las palabras y así dando saltitos del teclado a la página a veces, ni siquiera alcanzo a leer todo lo que escribo. Debo llenarme de la ilusión de que lo que no termine hoy, mañana tiene una oportunidad. ¿Bajo qué condiciones “no dejar para mañana lo que se pueda hacer hoy” tiene validez? ¿Por qué ponerle otra meta a mi día? No puedo seguir en la angustia de coleccionar una lista de cosas no terminadas al llegar la noche y sucumbir a la ansiedad por el incumplimiento de mis obligaciones.

Añoranza, remembranzas que nos den cabida a la nostalgia, que permitan que la biografía sea escrita por nosotros, con la velocidad contenida, conscientes de cada acto, sin saltarnos las emociones, seguros de que cuando el reloj deje de ser el dueño de nuestras vidas regresarán las horas para la contemplación, el ensimismamiento y la reflexión y ganaremos nuevamente el derecho sobre nuestro propio tiempo.

Vengo del después

Vengo del futuro y allí no te encontré; no te descubrí, pero hallé tu recuerdo. Fui a buscarte sin saber si habías llegado o si llegarías más tarde. Vengo del mañana a donde me encaminé sin conocer la ruta, sin tener un trayecto marcado.

Nuestra historia se lee hoy, hacia adelante; como una biografía inversa. Déjame seguir en tu presente, sumemos cicatrices. No quiero que haya otro tú, no quiero que en mi vida haya huellas de más nadie. Te hablo de algo que llaman amor. No deberías asombrarte. ¿Cuánta ternura se puede haber perdido en ese viaje? Tengo miedo del futuro, del día en que comenzaré a extrañarte. ¿Cómo viviré cuando me arrebaten el alma y los pedazos, lanzados al viento, no puedan articularse? No habrá verso que complete los espacios compartidos, los silencios deslumbrantes, las ventanas medio abiertas, las puertas medio cerradas, un corazón que no late soñando con encontrarte.

Jamás pensaría en adelantar un viaje hacia el olvido a manera de venganza. No quiero que el olvido opaque tu recuerdo. No es “el olvido que seremos” el que me preocupa; es el de hoy. Me niego a que seas, desde ya, olvido dentro de mí. Se ensombrecerían tantas cosas. Tendría que empezar a entrenarme en olvidar cómo será olvidarte. Se desvanecerían los hábitos de las tardes, el tiempo que compartimos, los libros que una vez leímos, pero a ti, a ti… me negaría a desdibujarte. Ahora que estoy de regreso te busco para que de mí te apiades. No adivino tus razones, pero tú muy bien las sabes. Me disfrazo de mí mismo para saber dónde hallarte, pero este disfraz no sirve. Necesito disfrazarme de ti para entender dónde te quedaste. Solo me queda suplicar que no desaparezca de mis manos la esperanza. Clausúrame, consúmeme, escóndeme en un nido de mentiras. Ven a vivir a mi rincón. Quiero impedirle el vuelo a esta bandada de recuerdos.

¿Cómo se deshace o se detiene el tiempo? Las implacables agujas del reloj siempre van hacia adelante. Despiadadas, inclementes, inexorables. ¿Cómo dejo de correr para no alcanzar el futuro, para evitar que me destruya tu no presencia y que mis manos queden vacías de esperanza? No hay oráculo que responda, ni amuleto con el que pueda salvarme. Si tú te vas, te llevas toda la senda por la que hemos andado; a mí me quedará lo que aún no hemos vivido, lo que nos falta por caminar. Conmigo se eternizará la vida sin ti.

¿Por qué no desapareciste antes de encontrarnos?

Vengo del futuro, de ese futuro que anda sin control esperando que lo alcancemos. No sé cómo será vivir allí, entre el no tenerte y el no poder olvidarte. Hoy sigo a tu lado a sabiendas de que el mañana me depara: las sombras de tu amor, la noche que no termina, la ansiedad por tu voz que no llega, el dolor del tiempo que ya no se comparte, un rostro que se difumina entre veladuras, una muerte anticipada por vivir en el vacío. Lo sé. A pesar de todo eso hoy elijo mantenerme en el presente, quedarme en la oscuridad de mi extravío, en el silencio fugaz de no escucharte, en la niebla invisible del destino, así después me arrope la certeza de tu ausencia y se haga infinita la espera, así después ya no pueda inventarte.

Tres microfragmentos I

  • Encrucijada

Tan pronto llegó a donde el camino se dividía y la vio parada en el sendero de la izquierda tomó esa dirección, sin pensarlo dos veces, aunque estaba seguro de que el mejor camino, el que más le convenía, era el de la derecha.  

  • Mundos paralelos

-Qué patético sería confirmar que hay mundos paralelos y ser consciente, en uno de ellos, de con quien estoy viviendo en este -le dice mi amigo a su novia-.

-¿Por qué?, le pregunta ella, para mí es más patético darme cuenta, en este mundo, de lo que me estoy perdiendo por vivir con alguien con quien no viviría en ese otro universo.

  • Le tengo rabia al silencio

Rompió el mutismo y mientras me miraba me dijo:  -¡Amo tanto el silencio!… En él yo pienso en ti. 

Entonces comprendí porqué no me gustaba el silencio.  Le respondí:  -En cambio yo, detesto el silencio, porque en él yo también pienso en mí.

A los pies del Subasio

Presa estoy en un campo de girasoles, en la última curva del camino; no al lado, sino en medio del camino, frente a redondeles de heno que salpican la tierra. Rodeada de olivos y viñedos que se levantan sobre un suelo de color siena tostado y bajo un cielo que anuncia que es tiempo de escupir el otoño. Cautiva estoy, en un universo verde.

La inmensidad se filtra por mis poros, respiro a fondo el aire que en ocasiones he encontrado irrespirable. Me pierdo embelesada en las faldas del Subasio de donde brota un seráfico paisaje en piedra rosácea y crema: Assisi, recostado con dulzura en la base del monte. Teñido de tonos que extienden la aurora hasta altas horas de la mañana y adelantan el atardecer para que empiece antes de tiempo. A las cinco, suenan a rebato las campanas conversando, unas con otras, como lo hacen desde hace más de quinientos años. El pueblo flota en el corazón verde de Italia, se pierde en la lejanía de la misma forma en que mi conciencia se pierde en la plenitud. No me hace falta conocer los detalles para sentir cómo se conmueve el alma cuando se embebe en el silencio contemplando los mensajes invisibles que se desvanecen en el aire. El corazón se empapa del lento trasegar de la vida de los alrededores.

Aquí no me atormenta el sinsentido, todo lo que llega se queda en mí. Yo, hoy no estoy haciendo nada; lo que a mi alrededor sucede, de mí no escapa. No necesito apresar esta plenitud en unas líneas, con sobrevivir a esta sobredosis de estar viva tengo y me basta. Sobrevivir así no debe ser una vergüenza.

Me asusta tener que definir el sentimiento. Me da miedo contagiarme de quienes no pueden hacerlo. No quiero comenzar a tener alergias en el alma. Aquí, despacito, se desparrama la vida cual pote de miel que se voltea gota a gota, lenta, pesadamente. No importa a donde caiga, nos va salpicando a todos. Se derrama. 

Es necesario tener tiempo para estar solos. ¿Cómo silenciar el silencio? En este lugar el único peligro es estar vivos, me viene a la memoria una canción: «me gusta estar al lado del camino, fumando el humo mientras todo pasa», pero yo no quiero vivir al lado del camino, quiero estar en el medio y ser parte de lo que pasa.

No nos alcanzó el amor

Parada frente a la puerta; la mirada extraviada. Parecía que sus ojos detallaban el jardín, pero yo sabía que su alma estaba fija en todo lo que había adentro de la casa. ¿Se estaba yendo o estaba llegando?
Pensé que la maleta que la acompañaba podría darme pistas o tendría algo para contarme; sin embargo, no supe leer las señales. Si llegaba querría decir que era para quedarse; si se iba no habría más, esta vez no volvería.

No quise interrumpir su silencio. Detallé su espalda. Una espalda grabada en mi memoria, no porque tuviera su desnudez viva como un retrato. La tenía grabada porque hace muchos años, en las madrugadas, al escuchar el urgente llanto de nuestros hijos, la inmediatez la hacía levantarse de la cama y dirigirse a ellos mientras yo daba media vuelta. Recordé luego que, en las mañanas, cuando yo llegaba a la cocina, me encontraba de nuevo con su espalda. Ella de frente a la ventana moviendo su energía para que la mañana iniciara de manera especial; sin importarle que luego tuviera que hacer lo mismo de todos los días.

Han pasado muchos años. Hoy, por primera vez, me di cuenta de que la suya era una espalda cansada. Por primera vez reparé en que debajo del tinte de su cabello había varios colores agotados, pero uno, en especial, se hacía más evidente: el blanco. Hoy después de tanto correr me acordé de sus silencios, aun cuando la palabra en sus ojos no daba espera. Recordé que siempre era la última en llegar a la puerta de salida, cuando la hora de partida había rebasado la frontera hacía muchos minutos. La última en sentarse a la mesa, a la espera de que todo estuviera dispuesto para la familia.

Giró la espalda para darme el frente. Comprendí que no estaba llegando. Iba de salida mientras decía: «no nos alcanzó el amor. No nos alcanzó el amor apasionado de los veinte. Lo nuestro era un amor gastado que se fue consumiendo a diario sin saber que vivíamos en una cuenta regresiva. No nos alcanzó el amor, lo siento. No estoy llegando ahora. Hoy, solo estoy buscando la salida».

Tramonti

No tuve que esperar a que me lo contaran “las hojas sobre la acera, el viento tras las banderas o la  puesta de sol” porque yo misma no resistí el hechizo y salí a confirmar que, antes de estar sobre la acera, las hojas han estado colgadas de los árboles en donde crecieron tornándose rojas, naranjas o amarillas, de donde se desprendieron para hacer creer que llegaba el otoño mientras, desde arriba, en silencio, vigilaban el paso del viento y se aseguraban un lugar privilegiado para ver la puesta del sol.

Tramonto, que en verano incendia el cielo hasta las nueve cuando le llega la hora de apagarse. Tramonto, que despide lentamente el día mientras van arribando las sombras que invitan a recogerse, a desprenderse del día que tanto nos ha regalado; al tiempo que las aguas del lago Trasimeno se beben con fuerza las últimas siluetas que se atreven a flotar con delicadeza antes de desaparecer con el paso de la noche.

Hojas, viento y tramonti que confirman que no todo es un error. Que confirman que venir al encuentro de aquello que no conocía se convirtió en un juego en el que juntando las letras se crearon las palabras para expresar lo que siente el alma; que hay placer descubriendo como armar los rompecabezas que se esconden y entrecruzan en los recuerdos diarios, que es necesaria la contemplación, que hay que buscar en el viento las partituras de la música que nos embarga, que hay que descubrir el aroma del tiempo y atraparlo para poder asirse a él cuando los recuerdos toman distancia.

Tengo ganas de mentirte, de decirte que a mí no me afana el tiempo, pero no es cierto. Todavía hay tanto por mirar, tanto por descubrir, tanto por soñar.

Tus pies

De los pies, de manera especial, recuerdo algunas cosas: la importancia de pisar con pies de plomo, aquello de que quien baila como yo es porque tiene dos pies izquierdos, lo necesario de tener los pies sobre la tierra, o eso de que la razón por la que mis cosas no van bien es porque me levanto con el pie izquierdo; sin embargo hoy, cuando abro tu carta, tus palabras me ponen de frente a una lectura insospechada: “Amo tus pies”, decías, “los que sostienen tu vida; los que se esconden, de manera decorosa, impidiendo que los juzguen las miradas de quienes, de manera morbosa, quisieran sondear, escudriñar, hurgar lo que hay al fondo de tu existencia. Siempre tengo frente a mí tu rostro, ese rostro que a mí no se me olvida; pero tus pies, constantemente cubiertos, al estar condenados a vivir sin que sean vistos dependen, en muchos casos, de cómo surja ese recuerdo en la memoria. No me desvelan tu semblante ni tus manos. No pasan malas noches por mi mente cuando pienso en ti. Si alguna vez te añoro, acudo a donde preso estás en las imágenes retratadas, a donde siempre está tu cara en primer plano. En cambio, si me causa desvelo el que, por allí, en esas imágenes, tus pies jamás afloren”.  

Y continuabas: “amo tu pie derecho, ese que a diario vibra al mismo compás de tu presencia, el que se agita con fuerza, sabiendo que es su deber marcar el paso. Ese que pones con firmeza al levantarte, el que le da seguridad a tu estructura intuyendo que estarás a salvo mientras él aguante. Pero también amo, de manera desmedida, tu pie izquierdo. Ese que, aunque no marca el compás, lucha por acercarse al ritmo con el que caminas por la vida; ese que se equivoca en la marcha, que no va en consonancia ni con tus palpitaciones ni con los redobles de tu existencia sino que lentamente entra al desfile, tratando de no desentonar con su par localizado a la derecha.

No puedo tocar tus pies mientras tengan su armadura, pero sé que, cuando te exilas de ti mismo en las mañanas, consciente estás de que mis pies se resisten a pisar la tierra si la huella de tus pies no se avecina.

Tus pies, que aunque a ti no te puedan sostener, se adelantan frente a mí para auxiliarme.

Tus pies, que se lastiman, pero siguen confiados en la lucha, porque saben que tu lucha y la mía son una misma.

Tus pies, que equivocan el camino, pero recalculan, confiados en que yo podré alcanzarte antes de que acabe el día.

Tus pies, que se aproximan a mí aun perdiendo el suelo y que caminan sin esfuerzo hasta aquello que yo llamo sin pudor: el cielo.

No me importa a dónde vas, solo quiero ir contigo, no es el camino que tu escojas lo que importa, a aquel lugar que tu elijas me le mido. No quiero que me besen ni otros labios ni los tuyos. Yo no busco otra opción, ya no me importa, no es una boca lo que reclamo en este viaje; son solo unos pies cómplices con los que pisar segura, unos pies que acompañen nuestras manos, unos pies que, seguros de lo andado, caminen con los míos todo este tránsito”.