Sublevación

No tiene nada de ilegal hablar o escribir de ti como lo hago. Aunque pienses que tanto tu opinión como tu actuar no coinciden con lo que expreso, no me retractaré. Debes saber que no tendré prudencia cuando hable de tu religión, tu filiación política, tus vicios, tus amores o tus adicciones. No hay falsedad en lo que manifiesto con respecto a ti. Nada de lo que he dado a conocer de tu vida, puede considerarse un delito.

No me sobra piedad para describirte, es cierto, como tampoco me he dejado llevar de la alevosía para nombrarte. Gracias a mí existes, dependes de mí. Entiéndelo, tu sombra camina conmigo.

No me digas lo que no harás, no me levantes la voz. En este fragmento tú eres mi personaje, yo te creé; soy yo quien de ti escribe y, aunque sé que no mantendremos esta relación por mucho tiempo, si no termino con tu vida  es porque, como tú muy bien lo sabes, hay en ti tanto de mí.

Diario

Enero de 2015:

Camino errante por la casa. La casa me sonríe. Haraganeo en un sofá, contemplo todo. Observo. Estoy un poco distraída, sin embargo, me siento capaz de identificar lo que veo; hasta le he puesto un cartelito mental a cada cosa que me rodea. Cartelito invisible para los demás, pero necesario para mí. Podría ser que algún día la vida pase corriendo y se ensañe conmigo, haciendo que el nombre de cada una de estas cosas se me olvide. De igual manera he estado dejando pistas de mi paso por la vida, para encontrarme; por si algún día tuviera que venir desde el futuro a buscarme. Dije: pistas para hallarme. Eso es lo que quiero, no dije trascendencia. Si me pierdo, puedo volver a buscar una señal.

*****

Mayo de 2018:

Hoy, sin razón especial, he recordado mis letreros. No sé porqué he pensado que es bueno revisarlos. Eso he hecho, me he detenido a examinarlos. Parece que aún están en el mismo lugar; tanto ellos como las cosas. Pareciera que nada hubiera cambiado de sitio. No obstante, no entiendo porque han dejado entrar una pequeña bruma en la casa que no me permite ver con claridad. Luego de inspeccionar encuentro que de algunos objetos recuerdo la figura, pero hay otros de los que tengo dudas.

*****

Marzo de 2020:

Hace unos días, no recuerdo si pocos o muchos, la neblina ha aumentado; tal vez no fueron días, fueron semanas, ¿pocas semanas o muchas? Bueno, quizás sería mejor decir que hace algún tiempo, aunque no estoy muy segura de cuánto. Hace un tiempo que los nombres de algunas piezas no me dicen nada. Me he quedado inmóvil esperando que el eco me devuelva una palabra. No ha habido eco. Los carteles siguen estando en su lugar, pero en ocasiones siento que el nombre escrito en el letrero no tiene relación con la figura que veo. Hay casos donde no hay nada que me traiga de nuevo el sonido o la imagen esperada.

*****

Junio de 2022:

Hoy, encontré que estoy llena de avisitos, estos parecen reales. Todas las partes de mi cuerpo tienen un nombre, hay unos que suenan de forma musical: clavícula; algunos tienen rima: rodillas y costillas. Los que más extrañeza me causan son los que, definitivamente, no me dicen nada: ojos, pie, boca, mano, nariz. Tengo una hermosa cadena de la que cuelga una placa. La reviso. Hay un nombre y un teléfono. Me veo extraña: toda vestida de negro, llena de rotulitos blancos. Me pregunto si me los habrán puesto porque, con el paso del tiempo, mis amigos y mi familia se han perdido en la nebulosa y no saben ni como me llamo ni a quien tienen enfrente.

  *****

Julio de 2022:

¡Pobres todos! Me miran con extrañeza. No conozco las cosas que están allí. Veo personas cubiertas por un mar de niebla. Intento entender la razón de este silencio que se adueñó de mí. ¿Quiénes me rodean? Escribo desde un lugar en el que ya no estoy. Hay tantas cosas que quisiera contar pero yo misma no reconozco las huellas de mis pisadas. Suplico que no tengan problemas para reconocerme. ¿Quién soy yo y quién eres tú ahora?

*****

Agosto de 2022:

Arroccato

@paviapedrazaphotos

En el 2016 un fenómeno natural se encargó de desmontar, de la meseta, al pueblo medioeval de Castelluccio di Norcia. Parte del desastre, quizás la gran mayoría, permaneció sobre el monte; mientras algunos residuos rodaron por la montaña. Restos, pedazos, despojos, bloques llenos de aristas con bordes filosos causados por el desplome. Lo que quedó de las escaleras no llevaba a ningún destino. Las casas se arquearon por el medio o por cualquier lugar por donde una grieta las alcanzara, las que quedaron en pie temían por su futuro. Todavía hay flores en algunos balcones, pero por el buitrón de las chimeneas de las casas derruidas ya no escapa humo. La demolición sembró de horror la falda de la montaña que, antes de ese año y ahora, afortunadamente está sembrada de vida.

Después de recorrer una ruta llena de senderos entre Visso y nuestro destino, atrapados por un verano sin precedentes, llegamos al encuentro de la fioritura que emerge a través de toda la llanura. Allí, en alguna parte del paisaje, en medio de los montes Sibilinos, el Vettore como telón de fondo, levanta el vuelo fabricando nubes, dejándose lamer por un horizonte que lo alcanza con recato. Inmersos en ese momento el éxtasis agudiza la conciencia. Por un instante nos asalta la preocupación de que los sueños vayan a quedar ensartados en ese espléndido lugar donde se desovillan las nubes, aunque, de ser así, no importa. Todo en ese lugar, entre el valle y la roca que arropa la montaña, vale la pena.

Desde hace algunas semanas la uniformidad de los colores de la campiña se había roto por un sinfín de tonos. El espectro de tonalidades se extiende a lo largo de toda la llanura hasta las laderas, constituyéndose en un milagro cromático. La lenteja apenas florecida crece por doquier dejando ver muy pocos granos, similares a un lente. Entre los sembrados también se alza la maleza que vive en simbiosis con la lenteja y brota espontáneamente floreciendo día tras día, dando lugar a una explosión de colores, tejiendo un tapiz que espera ser atrapado en los lienzos de pintores impresionistas o esperando que, a falta de ellos, lleguen los fotógrafos con sus trípodes y sus ganas de inmortalizar, con sus cámaras, la campiña. En las sendas abundan violetas y tréboles, así como narcisos y margaritas que desparraman el blanco por toda la paleta. Del rojo, se encargan las amapolas; el aciano, entinta de azul cerúleo el panorama. Las acederas y la mostaza silvestre tiñen el valle de dorado. Las grandes extensiones de campo no están adornadas con un solo tono que se va degradando; el hechizo consiste en quedar atrapados por la mutación de tantos colores que varían de intensidad.

Detrás de la planicie un sembrado de trigo, de color pajizo, quizás castaño claro, espera a ser segado, no sin antes ser alimento de algunas aves. Donde termina el plantío un único árbol, de pie, sin una hoja. Sus delgadas ramas son testigos del paisaje, como también han sido testigo de vientos y tempestades. Tres fardos de heno, grandes, con el frente redondo, me distraen.  

Atardece, al fondo la roca calcárea del Vettore. Sobre su cara se proyectan sombras que semejan diferentes figuras, se simula una danza. Parece que la peña hubiera sido devastada o tallada por un hacha como si de madera se tratara. Con la luz de frente emergen de la roca tonos de marrón, desde el ocre hasta el castaño, que se mezclan con el gris y los matices blancos de la caliza. Cruza un águila el firmamento. Comienza a dormirse la tarde, la fioritura va perdiendo los colores, la luz se va apagando.

Renuncio a ser solo una parte

A tantas, que hoy ya no están y cuyos nombres no recuerdo,

a algunas que, sin ellas saberlo, aún siguen vivas.


Hoy he descubierto, dentro de mí, a esa persona que se debate entre el miedo que te tengo y el deseo que, a veces, me suscitas. Hoy por fin he contemplado la posibilidad de no rendirme ante la idea de “no hay futuro” y hacerle frente a este extravío.

Estoy hecha de pedacitos, pero soy un todo. No lo olvides. No intentes amar cada uno de mis fragmentos por separado. Ámame íntegra, cabal, completa, pues no puedo ni quiero fraccionarme. No puedo exilarme de mí por darte gusto. Mírame ¿no me ves entera?

Quiéreme como soy, no me atropelles. No puedo ser lo que no soy cuando te acercas. No aceptaré hacer cualquier cosa ni para liarte a mí, ni para vivir contigo. No me desmembraré por complacerte. Renuncio a ser solo una parte. Desprenderme de un pedazo de mí sería un suicidio. No alimento quimeras por lograrlo. Ser otro yo y ser yo, nunca será lo mismo. Aún no he logrado silenciar la voz que grita: renuncia, desvanécete, despójate, pero ya sé que quiero convertir esa voz en un murmullo.

Soy lo que soy y lo que no, ya lo dije una vez. Hoy lo repito. Pero soy lo que no soy si yo lo elijo. No transijo permutar mi alegría por la tuya. No podría dormirme por la noche, ni podría soñar durmiéndome contigo, mientras acepte que por ti dejaría de ser yo cuando estoy conmigo.

Coincidencia tardía

¿Cuántas veces un semáforo en rojo me había impedido cruzarme con ella? ¡Cuántos años viviendo en el mismo edificio, usando el mismo ascensor, subiendo por las mismas escaleras, compartiendo el mismo recibidor, traspasando las mismas puertas, sin habernos encontrado!

¿Cuántas veces apuré mi paso sin saber que ella, en el otro lado, desaceleraba el suyo? En muchas ocasiones me asomé a la calle desde la ventana. No la vi. Seguramente acababa de pasar, quién sabe si había abierto una sombrilla que no me permitía ver su rostro.

¡Cuántos almanaques se consumieron! ¡Cuántas hojas de árboles se cayeron!, mientras yo aquí, invidente; mientras ella allá, invisible.

Alguna vez escuché sonar el timbre de su puerta o quizás era el “ring” de un teléfono sin que nadie respondiera. Así se fue pasando el tiempo, pasó corriendo la existencia. Destejí las horas, nunca llegó. Me hirió la noche, e igual que en el ocaso de la vida se apagaron las luces. Todas las luces: las mías, las de la calle, las de ella.

Hoy, de forma inusitada, llegué tarde a nuestro edificio. A través del espejo del recibidor, la vi. Coincidencia tardía. Era más tarde que de costumbre. Hice como si no la viera. Subí. Me conformé con saber que cuando el timbre de su puerta o el de su teléfono fueran atendidos, ella estaría allí. Acepté que hoy, cuando ya no soy aquel que antes fui, podría contentarme con el semáforo en rojo de tantas ocasiones, con el coexistir en diferentes espacios, con el paso de los años sin haber conocido su figura.

Hay cosas que terminan llegando muy tarde, me dije. Entonces escogí sumergirme en la vida y su falta de coincidencia.

Cambiando la perspectiva

El mundo había ido perdiendo su encanto, el efímero mundo humano se había ido desgastando. Las mañanas ya no tenían aires de frescura, en realidad todo estaba perdiendo su aire. Yo misma había empezado a ignorar algunas cosas sin darme cuenta de que con eso también me estaba ignorando a mí misma.

¿Por dónde respirar? Esta asfixia infinita, esta lucha eterna por completar todo y completarme, sin entender que nunca estará terminada la obra.  ¿A dónde me busco?, ¿y si no me encuentro? ¿Cómo mirarme? ¿Y si solo estoy en el proceso? Tomo algunos pedazos, con ellos debería llegar a alguna parte. Me digo que puedo ir armando el rompecabezas sin tener que haber adivinado el acertijo. No me lo creo.

Pienso en Sísifo. Veo caer la inmensa piedra y no me motivo a correr tras de ella. Me niego a bajar a recogerla para comenzar a subirla de nuevo. Esta vez voy a dejar que se vuelva añicos; recogeré los pedazos para reconstruir. ¿Por qué completar siempre lo iniciado? Conviene dedicarme un poco a la deconstrucción y con los hallazgos cambiar la perspectiva.

Estoy rompiendo a pedazos lo que pensé que: o estaba listo o estaba cerca de terminarse. Reconstruir, vivir con los fragmentos. No puedo tener el todo, pero puedo llegar a tanto con los pedazos. Hoy me quedo con lo voluble, con lo fugaz, con lo inconcluso, con lo atemporal, con lo abstracto. Con la nebulosa.  

Mi piel sin tu piel

¿Cómo vivirá mi piel sin tu piel? ¿Cómo leerá, en el abrazo de otro, aquello que leía en tu dermis cuando vivía bajo tu conjuro? ¿Cómo descifrará el nuevo idioma con el que le hablará esa otra piel? No lo entenderá. Lo sé. Como tampoco lo comprenderá mi carne que únicamente escuchará un murmullo.

¿Cómo será el silencio del “ya no estás”, cómo será el rumor de un eco sin sonido? ¿Cómo será dormirme en otro espacio que tendré que inventarme porque aún no puedo construirlo? No habrá a quién decir: se fue la noche. Esa noche que es la misma antes y después del lenguaje que creé contigo, la que ya no pronuncia por nosotros, la que silente no me  envuelve con su brillo.

Atesoraré tu esencia sobre la almohada, te inmortalizaré en otros seres, ¡qué herejía! Se desangrará mi piel en cada tarde, mientras la nostalgia encubrirá tu huida. Me conformaré con lo que fue, no hay más. Me perderé en los giros del destino, sobreviviendo al dolor que esto me cause: recorriendo de manera clandestina tu cuerpo… tu cuerpo que ya es un delirio.

Permiso para delinquir

El silencio que tanto había buscado apareció hoy y se vino de frente contra mí. Como una amenaza.

  • Aquí estoy, parecía decirme, ¿qué vas a hacer conmigo ahora que me tienes?

Sé que en mi silencio interno hay un sinnúmero de ideas que no existen todavía, no se concretan. No afloran. Están en el partidor del cerebro, esperando el momento de lanzarse; cultivándose. Allí, en medio de la mudez quizás pueda identificar algunas, ayudarlas a escapar, pero en medio del sigilo también hay otras cosas: secretos que no deben salir a flote, miradas que se deberían evitar, decisiones que se hubieran podido tomar, explicaciones que no fueron dadas, consecuencias que no fueron asumidas. ¿Habrá una peligrosa doble vida cuando me acerco a mí mismo?

Aquí estoy, procrastinando. He dejado para otro día el apoyar el parto de ideas nuevas, porque para que tengan cabida, debo tener un campo desalojado donde aterricen; así que me encuentro a la espera de que yo mismo me apruebe un permiso para delinquir, con el que pueda exterminar algunas de las ideas que me acompañan. Al examinarlas hoy: ya no las comparto, las desconozco, me pesan, me estorban. Han comenzado a causarme alergias en el espíritu.

  • No está mal cambiar de opinión al respecto de algo que me ha acompañado por tantos años, me digo.
  • No esta mal, me contesto, no está mal. Esto no es como quitarse un peso de encima. En realidad, es quitárselo.

Todos los momentos que he vivido están contenidos dentro de mí. Así no los recuerde no dejaron de suceder. Para abrir espacio a momentos nuevos debo eliminar, a pesar de mí mismo, algunas ideas con las que ya no concuerdo. No puedo seguir dilatando el encuentro con la profundidad de mi ser malgastando el tiempo en traer al presente detalles que ya no puedo cambiar, ideas que dejaron de ser vigentes, historias que ya no son mi realidad. Solo espero concederme el permiso para delinquir, así aniquilaré tanto peso en la inconsciencia y dejaré libre el espacio a nuevas ideas que aún no nacen.

Tres microfragmentos II

  • Frontera

Herida incurable que se abre sobre la tierra, separando el corazón de los de aquí del alma de los de allá.

  • Limbo de almas suspendidas

¿A dónde van a dar las almas de los cuerpos que ya se han ido?

Hay tantas almas en el más allá buscando un cuerpo que las albergue y tantos cuerpos por aquí, que se han quedado sin alma, buscando una que les dé sentido a sus vidas.

  • ¿Cuál soledad?

No es la soledad que me embarga cuando estoy sola… la que me derrumba es la que me cubre cuando estás conmigo.

Compro olvidos

Llevo días buscando un recuerdo. Esto va en serio. Se me había traspapelado un recuerdo y entre más esfuerzos hacía por encontrarlo, más se escabullía. Tengo un sinnúmero de carpetas con documentos e información que solo a mí compete, así que, con impaciencia, por allí comencé mi búsqueda. No estaba.


Luego, procedí a revisar los libros de fotografías. Sí. Soy de la generación de las fotografías en físico. No lo encontré, pero al detallarlas llegaron otra cantidad de reminiscencias. Desfilaron tantos momentos… pero de aquel, del que estaba requiriendo una pista, no hubo muestras.


Continué con los cajones, atiborrados de objetos. ¿A dónde irán a parar esos restos cuando a nadie le interese lo que tengan para decir? Cuando ya no sean más que costuras rotas, sin hilvanar. Tantos pedacitos, tantos. Con cada uno de esos olvidos, relegados al cajón, iba descubriendo algo del pasado. Detalles esfumados, decolorados, como decolorado podría estar aquel que no encontraba, lanzado a una basurera, en medio de tantos papeles a medio escribir.

 
No afloraba el recuerdo exacto. No sé cómo lo fijé en la memoria. Se habían borrado sus huellas. Quizá las cosas no sucedieron como yo pensaba. Acaso solo las estaba evocando, a mi manera, de la forma como me parecía que habían acontecido. Posiblemente asumí que habían transcurrido como me las han contado, o será que, como las cosas no tienen voz audible, por más de que se hayan esforzado en referirme los pormenores que nos unen, no escuché. ¿Cómo se recuerda? ¿Va el recuerdo mediado por quién recuerda? ¿Entre lo que tengo en mi memoria y lo que sucedió, en la realidad, existirá una gran distancia? ¿Qué quedó en mi presente de todo eso que viví en el ayer? ¿Recuerdo o imagino? ¿Mantengo en mi memoria los recuerdos o me encuentro accidentalmente con ellos? ¿Será que realmente habré perdido aquellos que tanto sufrimiento me causaban? ¿Habrá olvidos selectivos? ¿Se van las reminiscencias tristes, para ocultarnos las penas, para quitarnos los cargos de conciencia? ¿Existe la posibilidad de que en la memoria colectiva se haya anclado una copia de seguridad de mis remembranzas?


Hay momentos en los que no concuerdan mis ideas acerca de qué hacer con los recuerdos: unas veces quisiera buscarlos y que predomine la memoria; otras tantas, abandonarlos, sepultarlos y que se imponga el olvido. A veces quisiera tatuarme a la brava algunos, a pesar de que causen tanto dolor y dejen en ruinas la conciencia. ¡Qué paradoja! En este momento no me prometo nada, pero si hubiera alguien que vendiera olvidos, hoy sería el primero en comprarlos.