Oquedad

Ayer se fue
tomó sus cosas y se puso a navegar.
Una camisa, un pantalón vaquero
y una canción
¿Dónde irá? ¿Dónde irá? […]

y se marchó
y a su barco le llamó, libertad
y en el cielo descubrió gaviotas
y pintó estelas en el mar

José Luis Perales, “Un velero llamado libertad”

Parece que te hubieras esforzado en dejar huella en todos los postigos, en los cerrojos de las ventanas pequeñas, en los pasadores de las grandes, en las aldabas de los portones, en los picaportes de las puertas, en todo lo que hubieras tocado pero también, maldita sea, en todo lo que solo hubieras querido tocar. El morral del colegio todavía huele a ti, tanto como los patines y los juguetes. Tu aroma está en los borradores, siempre sucios, mal limpiados, llenos de grafito que se desborda en los papeles, en las hojas manchadas de desorden. Huelen a ti: los lápices, con los que no alcanzaste a delinear la casa, el tren -con su vagón desportillado- y los animales, que veías hasta con los ojos cerrados. Nos dibujaste peces voladores, que para ti saltaban dentro del lavamanos. Hasta tu amigo invisible tenía tu aroma, recuerdo que te escuché hablar con él tantas veces. No lo conocí, pero estoy segura de que ahora ronda por aquí. Igualmente huelen a ti los cordones, nunca puestos en los zapatos, los cordones con los que tirabas del pequeño camión por las mañanas, a veces por las noches pero siempre, siempre, siempre, por las tardes.

Quise decirte que no iba a extrañarte. No te habías ido y ya mi relación, entre mí misma y mis sentimientos, estaba partida, rota, descompuesta. Duele sí, pero tenías que irte, no creas que no lo sé. No pueden amarrarse los sueños, como hicimos tantas veces con las cometas, ni siquiera con el mágico cordón de tus zapatos. Tus sueños estaban en otro lugar y debías irte con ellos y yo, maldigo de nuevo, debía conformarme con lo que quedara, con aquella palabra que dijiste bajito y que se repite un sinnúmero de veces para que me habitúe a oírla cuando ya no estés, cuando ya no suene; conformarme con tus ojos cerrados de ayer para que me acostumbrara a vivir sin ellos cuando te fueras.

Me alimento de nostalgias: del rin-rin corre-corre, de las piedras en el lago jugando a pan y quesito, de la imagen de las pequeñas iguanas en tus bolsillos para ser salvadas de los depredadores, de los patos nadando en el lavadero, del pájaro de raza extraña al que tuvimos como paciente de un ortopedista, y al que le hacíamos terapia diaria.

Hay una oquedad infinita en mi ser. A veces pienso que es tan grande que yo no la contengo. Ella me contiene. No es la oquedad en el centro de mi pecho, sino que soy yo quien está contenida en la oquedad del universo inmenso y el dolor de la ausencia es otro parto sin el premio de tu carita y de tus ojos.

Desprenderse, soltar, sentir el dolor de no tenerte, aprender a vivir con la ausencia que se intenta colmar con un recuerdo, con la ilusión de poder pisar tu sombra cuando vas partiendo y la luz de la calle convierte tu figura en una silueta oscura, alargada, que no tiene tu ser pero que se te parece; correr a escondidas cuando te estás yendo, alcanzar la sombra que me hace creer que toco parte de ti. Ser feliz contigo, aunque te sepa en la lejanía. Aprender a vivir con la seguridad de que te parí para el mundo y que en el mundo habitas.

¿Cómo se llena este vacío y se sale del destierro al que nos condenamos nosotros, por voluntad propia, sin habernos movido de nuestra casa?, ¿cómo se entiende que el destierro sea nuestro cuando es otro el que se va, pero se va feliz porque no se siente desterrado, porque siente que marcha a encontrarse con un futuro que para él si existe y no es solo un mañana soñado? ¿Cómo se vive cuando te desvaneces en el aire camino a hacerte cargo de tu vida, seguro de que hay una forma de construir un nido, lejos del nido en el que has crecido, cuando estás seguro de que irte es la única oportunidad para ser uno contigo?

Las horas caminan, como mi mente camina contigo, solo que percibo que se mueven lento cuando yo quisiera que anden; jamás aceptaría que el remedio para mitigar el dolor de la ausencia sea amar menos. Vamos juntos, pensé. Aunque tu presencia no esté conmigo el hilo no se rompe. Vamos por la misma senda, aunque tú todavía vas de ida y yo, en cambio, ya ando de venida.

7 comentarios en “Oquedad

  1. Un fragmento con nombre y apellido, una vez más mis ojos se llenaron de lágrimas, porque cada frase que escribiste la sentí en mi corazón, y me llevó a una época imposible de olvidar.

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  2. Hermoso homenaje a un hijo amado, valga el pleonasmo. Nos traes a todos a la mente a los nuestros y reflexionamos sobre nuestras propias oquedades. Muy bien Maestra, felicitaciones!

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  3. Enseñar a volar y permitir hacerlo, cuesta. A veces creemos que desprenderse es fácil pero es una lucha permanente con nosotros mismos, que sabemos lo importante de ese crecimiento pero también queremos seguir acompañándolos y protegerlos de cerca

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