Recuperemos el tiempo para la nostalgia

No estoy segura ni del lugar ni del año en que estábamos. Sé que fue en alguna etapa de mi vida reciente cuando mi madre mirándome a los ojos me dijo:

– Contémplame. Soy de las últimas sobrevivientes de una época en la que siempre podíamos experimentar lo que se sentía al evocar el pasado, no solamente recordar el pasado, sino ser conscientes de cómo habíamos sido parte de cada acto que realizábamos. ¿Por qué siempre estás haciendo tantas cosas al mismo tiempo? Hoy ya no pienso en que llegará el día en que no haya tiempo para sentir nostalgia, creo que ya esa hora ha llegado. Vivimos en una época en la que se acabó el tiempo para sentir y disfrutar de la nostalgia. No se vive el presente con detenimiento, lo que hace que después no se tengan plantadas las reminiscencias, como una fotografía en el alma, y así no se puede apelar de manera inequívoca a la memoria.

No creo que, en mi caso, en lo que concierne a la memoria y la nostalgia, todo haya sido tal como lo retrata mi madre. Me explico. Creo que, por lo menos, hubo una  parte de mi vida en la cual, sin mucha conciencia, disfrutaba el momento sin distraerme con otras actividades. De hecho, son los instantes a los que tengo anclada mi infancia, mi adolescencia y mi juventud, pero cuando empiezo a hablar de adultez, concuerdo con ella, la cosa va cambiando.

La nostalgia, dicen algunos, es lo que queda cuando ya el amor no está; lo que aflora al recordar con alegría el pasado mientras se piensa que no volverá o lo que se siente cuando se cree que es posible que aquello tan lejano se avecine. Es aquí en la adultez cuando surgen mis preguntas. ¿Cómo recordar el ayer, con detalles, si al momento de vivirlo coexistimos con tantos instantes que hacen que a futuro tengamos una amalgama de recuerdos, con fechas que no se pueden rescatar, ausencia de detalles de ese mundo en que cohabitamos, emociones que no recordamos haber sentido e incluso hechos que, para nosotros, sucedieron en un tiempo diferente al que otros recuerdan? Fue como adulta cuando comencé a vivir entre lo que inició siendo un murmullo y ahora es un bullicio inexorable, en donde la primera voz que se silenció fue la mía, para darle paso a tantos “tengo que hacer” y a una cantidad de cosas que, sin tener que ser realizadas hoy, voy colgando a mi lista de pendientes. Me volví adicta a mí y una juez implacable que revisa a diario el cumplimiento de mis tareas: cosas para organizar, para comprar, para cambiar, pero no para vivir. El día no alcanza. Es así como vamos deviniendo en zombis sin memoria al detalle, caminando entre la luz que nos ofrece el nuevo día y nuestras propias sombras. Esta versión de mí, en la que me he convertido, es incompleta. Tantas veces no estoy atenta a lo que hago por lo que después no recuerdo si realmente lo hice y lo olvidé o si no lo hice. Así las cosas, mi propia versión no se completa.

No hablo de que se pierda el norte, el norte sigue estando claro, lo que siento es que el relato de nuestra propia vida pasa de ser una historia a una novela, un cuento, un ensayo, para terminar siendo esa ficción o fantasía que construimos con los retazos de las remembranzas, que desenterramos de donde habían sido sepultadas antes de que les pasara por encima una reescritura, convirtiendo la vida en un palimpsesto en donde la última vivencia es la que recordamos, olvidando que ha sido escrita sobre las verdaderas historias de las que ya no nos acordamos. No digo que esto suceda siempre, pero es bastante frecuente que en la adultez no podamos evocar los detalles de cómo se llenaba de plenitud el corazón cuando el viento nos despeinaba, cuando el calor nos abarrotaba. El recuerdo de la lluvia, aquella alegría con la que regresábamos a casa, con temor a una reprimenda y con una cantidad de barro proporcional a lo que hubiéramos disfrutado, está en la memoria de la niñez.

A la velocidad en la que nos hemos visto envueltos, nos dedicamos no a gastar la vida sino a desgastarla, sin pensar, sin disfrutar, sucumbiendo al hastío del tener que hacer las mismas cosas, asumiendo la rutina; rutina en la que nos vamos sumergiendo por la falta de tiempo para contemplar otras posibilidades, para decidir si queremos ir de frente, si sería mejor devolvernos y tomar varias veces el mismo camino, luchando por mantenernos en el centro.

Las horas del reloj marcan las veinticuatro, pero a mí no me alcanzaron sino para hacer lo que se hace en veinte. Me levanto pensando que es lunes, que no ha despegado la semana, pero mi calendario muestra que el domingo pasó hace dos días. ¿En qué momento perdí un día? Más de lo mismo, de lo mismo, sin disfrute. Estamos en el último mes del año y todavía no nos hemos recuperado de las fiestas infantiles del fin de octubre. No hemos terminado de guardar en el armario la ropa de verano, que ya no usamos, y ya estamos sacando la de invierno. Para de correr, me digo, la vida es una sola y no creo que pueda recordarla sino paro de correr. La vida es lo que me queda cuando paro de correr. Esa es la vida. El afán, para todo, de manera desmedida y como hábito, muchas veces no lleva a ningún lugar y sí hace que tantas veces abortemos los proyectos antes de llegar al destino donde la jornada debería finalizar. Diferente este afán al del caso de aquella velocidad beneficiosa que le inyectamos a la vida con una finalidad consciente.

¿Cómo pedir el milagro de otro día si todavía no se ha vivido el de hoy, si muchas de las horas que marca el reloj, para nosotros han sido horas huecas, no vividas?

Ahora es de noche y siento que el tiempo corre más lento, pero es el mismo tiempo. Antes, cuando escribía a mano sentía que disfrutaba las horas, incluso a veces percibía como si se hubiera detenido el tiempo. Ahora el computador, como otros medios electrónicos, exponencia la carrera, ni siquiera tengo que teclear todas las letras; el auto corrector me completa las palabras y así dando saltitos del teclado a la página a veces, ni siquiera alcanzo a leer todo lo que escribo. Debo llenarme de la ilusión de que lo que no termine hoy, mañana tiene una oportunidad. ¿Bajo qué condiciones “no dejar para mañana lo que se pueda hacer hoy” tiene validez? ¿Por qué ponerle otra meta a mi día? No puedo seguir en la angustia de coleccionar una lista de cosas no terminadas al llegar la noche y sucumbir a la ansiedad por el incumplimiento de mis obligaciones.

Añoranza, remembranzas que nos den cabida a la nostalgia, que permitan que la biografía sea escrita por nosotros, con la velocidad contenida, conscientes de cada acto, sin saltarnos las emociones, seguros de que cuando el reloj deje de ser el dueño de nuestras vidas regresarán las horas para la contemplación, el ensimismamiento y la reflexión y ganaremos nuevamente el derecho sobre nuestro propio tiempo.

8 comentarios en “Recuperemos el tiempo para la nostalgia

  1. Tan emotiva como verídica esta reflexión sobre nuestra absurda carrera contra el tiempo, competencia que jamás ganaremos. Cada día que pasa, la raza humana se ve abocada a competir ferozmente por metas que parecen más bien zanahorias amarradas a una distancia fija de nuestra frente, y así -en menor o mayor medida- nos olvidamos de vivir plenamente. Gracias María

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  2. María gracias por este fragmento. Ojalá lo pongamos en práctica para que la vida valga la pena como debe ser, y podamos tener los recuerdos a flor de piel.

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  3. Felicitaciones Mary, excelente fragmento!
    Siempre decimos que el tiempo pasa inexorablemente y sin misericordia. Lo tildamos de implacable, cruel, como si tuviera algo contra nosotros. El tiempo solo “es” y no se preocupa por el bienestar de los que junto con el existimos. Tiempo es una dimension, es una medida; esto es como molestarse con el ancho o con el alto. El tiempo no es finito, los finitos somos nosotros. El problema no es de el, es nuestro y si alguien tiene que hacer algo al respecto de esa realidad somos nosotros.
    Muy correcto es decir que debemos “utilizar” el tiempo de una manera mas sabia disfrutando las horas y fabricando nuevos y alegres recuerdos para el futuro pero yo veo un beneficio tremendo en la escasez temporal de felicidad la cual provee un contexto necesario. No me parece sano abusar de la glándula pituitaria y del hipotálamo, exigiéndoles una superproducción ininterrumpida de hormonas de la felicidad. Mi papa siempre nos lo decía, todo en exceso es malo… yo creo que esa verdad aplica hasta a la felicidad. Veo tanta gente que lo tiene todo en el campo material y son absolutamente miserables. Ese interminable goce de bienes materiales, comida, bebida, sexo, etc., con una continua secreción de endorfina, serotonina, dopamina y todas las otras inas, terminan también en una rutina monotonica. Son los momentos de escasez los que nos permiten disfrutar los ratos de plenitud. Por eso, creo que no se le debe tener miedo a los cortos periodos de hastío, estos darán contexto a los momentos alegres que se avecinan. La felicidad viene en linea punteada y no en linea continua. Los humanos no sabríamos digerir una felicidad permanente y hasta eso se convertiría en monotonía y tedio.

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  4. Me gusta como abordas la idea sacas a la luz todas las posibilidades. Te leo y veo que es el momento de disfrutar tranquilamente lo que hacemos, disfrutar el pensar, el ocio, lo que no nos reporta ganancia económica pero si ganancia para el alma. Me gustó muchísimo

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  5. Interesante reflexión!!!! Yo siento que el tiempo pasa ahora más rápido y por eso no alcanzamos a hacer todas las tareas y a vivir. Gracias por tu fragmento

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